jueves, 12 de julio de 2018

Una historia de locos, de Robert Guediguian. (2017)



Guediguian está en la Feria del Libro de Madrid cuando ve pasar al periodista Jose Antonio Gurriarán. El tipo avanza penosamente con dos muletas y lleva dos pesados zapatones protésicos. ¿Qué le ha pasado a Gurriarán? ¿Se ha cruzado en el camino de los etarras en lo peor de sus años de plomo? No: Ha sobrevivido a un atentado del ESALA, el Ejercito Secreto Armenio para la Liberación de Armenia.

Guediguian y Gurriarán hablan. El español le cuenta al cineasta francés con raíces armenias que a partir de su atentado se interesó por el genocidio de este pueblo y las razones por las que los turcos siguen negándose a reconocer sus atrocidades.

Guediguian ha rodado una historia de un atentado de ficción con una víctima colateral, que bien pudo ser Gurriarán. Aram es un combatiente del ESALA. Un día hace explotar en París el coche del embajador turco, con tan mala suerte que hiere de gravedad a un joven ciclista, Gilles Tessier.

Anouch, la madre de Aram está avergonzada por el hecho de que su hijo no deje estar en paz un asunto que sucedió en tiempos de su bisabuelo, así que visita a Gilles y le pide perdón.

Aram, mientras tanto ha huído al Líbano, al valle de la Bekaá, la meta de todos los idealistas de extrema izquierda que creen en 1980 en la lucha armada. Se desencanta del asunto cuando ve el percal, regresa a París y accede a explicar sus razones a Gilles, que ahora va en silla de ruedas a todas partes. Gilles se convertirá en el portavoz de su causa.

El contexto historico.

En 1878 los turcos han perdido sus territorios de los Balcanes a manos de los rusos. Esta debilidad es aprovechada por la minoría armenia para exigir reformas en una Turquía decadente a la que los occidentales ya llaman el enfermo de Europa.

El sultán Abdul Hamid II temía que los armenios se aliasen con los rusos, así que organizó unas matanzas indiscriminadas entre 1895 y 1896, conocidas como las masacres hamadianas, con 200.000 víctimas. En 1909 hubo un segundo progromo, pero fue con la derrota otomana a manos de los soviéticos tras la primera guerra mundial que se organizó el primer genocidio del siglo XX, uno que ha sido imposible castigar.

Los Jovenes Turcos ( un partido que había obligado al sultán a huir al exilio) temían una invesion soviética, así que para que los armenios no los ayudaran, sin tener pruebas de conspiración polìtica alguna, purgaron el ejército de armenios, ejecutaron a los intelectuales armenios y deportaron a la población civil de esta minoría cristiana a los desiertos de Siria e Irak. Los paramilitares exaltados, la población civil turca y los propios gendarmes que los vigilaban mataron, decapitaron, violaron, quemaron vivas a las personas, etc, a placer.

Los supervivientes fueron acogidos por la Unión Soviética, Estados Unidos, Canadá y Francia. Nadie lo llamó genocidio porque tal palabra acababa de ser acuñada y no se pondría de moda hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La gente no tenía la menor idea de como castigar crímenes contra la Humanidad de forma eficaz y organizada. No aprenderían hasta 1945. La pregunta en 1919 es cómo sancionar un país sin que se vuelvan nuestras buenas intenciones contra nosotros. ¿Cómo hacer justicia sin tener que implicarnos militarmente?

Los armenios exiliados se tomaron la justicia por su mano. 50 de los 500 responsables de las decisiones que condujeron al genocidio armenio fueron asesinados por pistoleros armenios. En la década de 1970 aparece en escena el Ejército Secreto para la Liberación de Armenia, cuyo principal objetivo es obligar al Gobierno turco a reconocer el genocidio en los foros internacionales, exigir indennizaciones y ceder parte del territorio turco para fundar un Estado armenio. Su campaña de atentados duró de 1975 a 1991. Gurriarán, un periodista español, fue malherido en uno de los dos que se perpetraron en Madrid. Murieron varios diplomáticos turcos y varios civiles.

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