miércoles, 23 de noviembre de 2022

Jonathan Phillis y los horrores de la cuarta cruzada. (1204)


 Este medievalista ha visitado recientemente España para presentar su libro LA CUARTA CRUZADA Y EL SAQUEO DE CONSTANTINOPLA (Ático de los libros). En abril de 1204 los cabaleros que se disponían a reconquistar Jerusalén, perdida de manos cristianas en 1187, decidieron, a instancias de Venecia, cambiar de objetivo y tomar la capital bizantina. Durante el verano de 2001 el Papa Juan Pablo II confesó sentirse avergonzado por la actitud de estos caballeros felones y pidió disculpas formales a la Iglesia Ortodoxa griega por la matanza realizada.

Phillis nombró en una entrevista al historiador Steven Runcinman, un especialista en el Imperio Bizantino. Este consideraba las Cruzadas como una iniciativa estúpida ideada por gente fanatizada que solo trajo muerte y destrucción a Oriente Medio, pero Phillis asegura que los cruzados recorrían media Europa a pie o embarcaban en precarias embarcaciones en Messina o Amalfi por su honor, por intereses económicos, por fé verdadera o por fama. Es posible que hubiera brutalidad pero no hay que mirarla con muestros ojos de hombres y mujeres del siglo XXI.

En Tierra Santa en pleno siglo XII había musulmanes, tanto chiítas como sunitas, judíos, armenios y cristianos, tanto latinos como coptos. Era un crisol cultural del Medievo donde el poder cambiaba a cada rato de manos y los productos comerciales y las ideas circulaban que daba gusto.

El principal promotor de la Cuarta Cruzada fue el Papa Inocencio III, que quería recuperar Jerusalén, que había sido entregada por Valian de Ibelin al sultán de Siria Saladino en 1187. Respòndieron a su llamada nobles rurales de Champaña y Flandes que negociaron con los venecianos para poder ser transportados en barco a Tierra Santa. Esta es la primera Cruzada en la que no interviene las tropas personales de ningún monarca, ya que Europa era un avispero de conflictos feudales en aquellos momentos.

El acuerdo con el dux de Venecia era que estos proporcionaban barcos y los cruzados respondían con oro y caballeros. Así que pronto vemos a los caballeros cristianos atacar la ciudad de Zara, en la actual Croacia, lo que constituyó el primer ataque de los cruzados a una ciudad cristiana. Poco después un pretendiante al trono bizantino llamado Alejo prometió hombres a los cruzados y negociar con Inocencio III la reconciliación de la Iglesia Ortodoxa con la católica si le ayudaban a hacerse con el poder. Muchos guerreros francos se sintieron insultados al verse rebajados a somples mercenarios y dejaron la cruzada, lo que limitó sus posibilidades de éxito.

Bizancio había rechazado los asaltos de los magiares y de los sultanes musulmanes, por lo que esta vez, en circunstancias normales, no tendría que haber sido una excepción. Pero la moral de sus guerreros estaba muy baja mientras que los cruzados estaban cohexionados y bien equipados para el asedio. Alejo había sido asesinado por los bizantinos pero el nuevo basileus había huido con las arcas para pagar a sus tropas, lo que le resto el apoyo de sus súbditos. Los cruzados empezaron a pasar hambre y cuando consideraron que ya no tenían nada que perder se lanzaron al asalto. Derrotaron a los bizantinos y, ya dentro de la ciudad, mataron a mujeres, niños y ancianos. Arramblaron con todo el oro y los tapices de los palacios e iglesias de Constantinopla.

El Papa Inocencio se alegró de la toma de la ciudad pero se le demudó el semblante cuando le informaron de los detalles de la matanza. "¿Por qué ha permitido Dios que ocurra una atrocidad así?" escribió este gran teólogo del siglo XIII en sus diarios. Los demás monarcas no se inmutaron, Tenían demasiados problemas en Europa y Constantinopla les pillaba lejos.

Después de la toma de Constantinopla los cruzados fundaron el Imperio Latino pero fue efímero porque requería caballeros y oro que los reinos francos no estaban dispuestos a entregar porque, como ya hemos dicho, les pillaba lejísimos y tenían sus propios problemas. Consiguieron un poco de liquidez vendiendo a los reyes francos las reliquias que encontraron como la Corna de Espinas de Cristo, que actualmente se custodia en París. Finalmente, las tropas del basileus Miguel VII Paleólogo recuperaron la ciudad en 1261.

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