Cuando la guerra llegó a su fin, en 1945, John Ford no estaba en Hollywood sino en uniforme. El legendario director de cine, convertido en almirante y jefe de la unidad cinematográfica de la OSS, tenía entre sus manos una idea tan moderna como arriesgada: que el celuloide podía ser una prueba judicial tan contundente como un testimonio escrito. Frente a los crímenes nazis, pensaba, no bastaban las palabras. Había que mostrar las imágenes.
Para esa tarea convocó a jóvenes con talento narrativo y ojo cinematográfico. Entre ellos, los hermanos Budd y Stuart Schulberg. Budd había empezado a despuntar como escritor en el mundo del cine; Stuart era aún más joven, pero pronto se convirtió en un editor implacable, con una misión muy concreta: rastrear y organizar kilómetros de metraje filmado por los nazis y por los propios aliados. No se trataba solo de buscar escenas atroces en los campos recién liberados, sino de encontrar películas oficiales alemanas que mostrasen la maquinaria ideológica, la exaltación de Hitler, los discursos, los desfiles. Era una forma de demostrar que los acusados no podían fingir desconocimiento: todo estaba filmado, por ellos mismos.
La búsqueda fue casi detectivesca. Los hermanos viajaron a laboratorios abandonados, estudios bombardeados y archivos ocultos. En el sector soviético de Alemania, donde también había depósitos de películas, contaron con la ayuda inesperada de un oficial del Ejército Rojo que, a pesar de las crecientes tensiones entre las potencias, comprendió la importancia de preservar esas pruebas. Aquella cooperación puntual resultó decisiva: sin ella, buena parte del material podría haber sido destruido por antiguos nazis que intentaban borrar los rastros de sus crímenes.
Con todo ese metraje en sus manos, Stuart Schulberg montó Nazi Concentration Camps, un documental que se proyectó en noviembre de 1945 ante el tribunal y los acusados de Núremberg. La sala quedó helada. Las imágenes de cadáveres apilados, hornos crematorios, niños esqueléticos y supervivientes tambaleantes fueron aceptadas como evidencia judicial. Por primera vez, el cine se convertía en testigo directo en un proceso internacional.
Tras el juicio, los Schulberg siguieron editando otro documental, Nuremberg: Its Lesson for Today, con el objetivo de mostrar a la población alemana lo que había sucedido en los tribunales y las pruebas que habían condenado a los líderes nazis. En 1948 la película se estrenó en Stuttgart, como parte de la campaña de reeducación democrática en la zona de ocupación estadounidense. Miles de alemanes acudieron a verla; para muchos fue el primer contacto visual con la magnitud de los crímenes cometidos en nombre del Reich.
Pero en Estados Unidos la historia fue distinta. Allí el documental quedó guardado en los archivos. El clima político ya estaba cambiando: Washington necesitaba convertir a la nueva Alemania en aliado frente a Moscú. Mostrar en los cines norteamericanos imágenes demasiado crudas podía reavivar un sentimiento antialemán contraproducente. Además, algunos sectores temían que insistir en los horrores nazis alimentara un rechazo a la idea de rearme y ocupación prolongada. Así, el filme nunca se estrenó en territorio estadounidense.
Décadas más tarde, las bobinas serían redescubiertas y la película recuperada, recordando aquel episodio en que John Ford y los hermanos Schulberg convirtieron la mirada del cine en una herramienta de justicia, logrando que las cámaras sirvieran no solo para contar historias, sino para impedir que el horror pudiera ser negado.
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