El derrocamiento de la monarquía iraquí en el verano de 1958 fue un episodio clave dentro de la oleada de cambios políticos que sacudieron Oriente Próximo tras la Segunda Guerra Mundial. El protagonista fue el llamado movimiento de los “Oficiales Libres”, un grupo de militares nacionalistas inspirado en experiencias como la de Revolución egipcia de 1952. En Irak, estos oficiales veían a la monarquía hachemita como un régimen dependiente de Occidente y alejado de las necesidades sociales y políticas del país.
El 14 de julio de 1958, unidades del ejército lideradas por Abd al-Karim Qasim y Abdul Salam Arif entraron en Bagdad con el pretexto de dirigirse hacia Jordania, donde Irak mantenía una unión dinástica. Sin embargo, una vez en la capital, tomaron puntos estratégicos y proclamaron el fin de la monarquía. El joven rey Faisal II fue asesinado junto con miembros de la familia real, y también murió el poderoso primer ministro Nuri al-Said, figura central del sistema político iraquí desde la década de 1930.
El trasfondo internacional es fundamental para entender el golpe. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, Irak había estado bajo fuerte influencia británica. Aunque formalmente independiente desde 1932, el país seguía integrado en la órbita de Reino Unido, que mantenía bases militares y una gran influencia sobre su política exterior. Esto se reforzó con el ingreso de Irak en el Pacto de Bagdad (1955), una alianza impulsada por británicos y apoyada por Estados Unidos para contener la expansión de la Unión Soviética en Oriente Próximo.
Para muchos sectores iraquíes —militares, clases medias urbanas y movimientos nacionalistas— esta relación simbolizaba una subordinación neocolonial. Además, la creación de Israel en 1948, la derrota árabe en esa guerra y el auge del nacionalismo árabe, especialmente bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser, alimentaron el rechazo a los gobiernos percibidos como prooccidentales. La monarquía de Faisal II y el gobierno de Nuri al-Said eran vistos precisamente en esos términos.
En cuanto al papel de las potencias occidentales, tanto Reino Unido como Estados Unidos se vieron sorprendidos por la rapidez del golpe. Aunque mantenían estrechos vínculos con el régimen iraquí, no intervinieron directamente para restaurarlo. Sin embargo, reaccionaron con preocupación ante la posibilidad de que Irak cayera en la órbita soviética o se alineara con el nacionalismo radical de Nasser. En los días posteriores al golpe, Estados Unidos desplegó tropas en el Líbano y Reino Unido hizo lo propio en Jordania, en el contexto de la crisis regional que acompañó a la revolución iraquí. Estas intervenciones no buscaban revertir el cambio en Irak, sino evitar un efecto dominó en otros países aliados.
Las consecuencias para Irak fueron profundas y duraderas. En primer lugar, se abolió la monarquía y se proclamó una república encabezada por Qasim. El nuevo régimen adoptó un discurso nacionalista y reformista, con medidas como la retirada del Pacto de Bagdad, la reforma agraria y una política exterior más independiente. No obstante, pronto surgieron tensiones internas entre distintas corrientes: nacionalistas árabes partidarios de unirse a la República Árabe Unida de Nasser, comunistas con creciente influencia y sectores militares rivales.
Estas divisiones desembocaron en una gran inestabilidad política que marcaría las décadas siguientes. El propio Qasim fue derrocado y asesinado en 1963, iniciando una sucesión de golpes de Estado que consolidaron el papel del ejército como actor central en la política iraquí. A largo plazo, el colapso del sistema monárquico abrió el camino a regímenes autoritarios y a la posterior llegada al poder del partido Baaz, del que emergería años después la figura de Saddam Hussein.
En el plano internacional, la revolución de 1958 debilitó significativamente la posición británica en Oriente Próximo y confirmó el declive de las antiguas potencias coloniales en la región. Al mismo tiempo, evidenció los límites de la influencia estadounidense, que, aunque creciente, no podía garantizar la estabilidad de sus aliados. Irak pasó a ser un escenario más de la competencia de la Guerra Fría, pero también un ejemplo del auge del nacionalismo árabe y del rechazo a la injerencia extranjera.
En suma, el levantamiento de los Oficiales Libres no fue solo un golpe de Estado, sino un punto de inflexión que transformó la estructura política de Irak y reflejó cambios más amplios en el equilibrio de poder en Oriente Próximo durante la segunda mitad del siglo XX.

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