La figura de Mohammad Mossadegh ocupa un lugar central en la historia contemporánea de Irán y en la memoria política de muchos iraníes. Fue un político nacionalista, educado en Europa, que llegó a ser primer ministro en 1951 en un contexto de creciente malestar por el control extranjero de los recursos del país, especialmente el petróleo.
En aquel momento, la industria petrolera iraní estaba dominada por la Anglo-Iranian Oil Company (antecesora de BP), que obtenía enormes beneficios mientras que Irán recibía una parte muy limitada. Mossadegh impulsó la nacionalización del petróleo en 1951, una decisión enormemente popular dentro del país, vista como un acto de soberanía y dignidad nacional. Sin embargo, esta medida provocó una fuerte reacción del Reino Unido, que respondió con sanciones económicas, bloqueo del petróleo iraní y acciones legales internacionales.
La situación se volvió aún más tensa en el contexto de la Guerra Fría. Tanto el Reino Unido como Estados Unidos comenzaron a ver a Mossadegh no solo como una amenaza económica, sino también como un posible factor de inestabilidad que podría acercar Irán a la órbita soviética. En 1953, los servicios secretos de ambos países —la Central Intelligence Agency (CIA) y el MI6 británico— organizaron un golpe de Estado encubierto conocido como la Operación Ajax.
Esta operación consistió en una combinación de propaganda, sobornos, manipulación política y movilización de sectores del ejército y de la calle. Finalmente, Mossadegh fue derrocado en agosto de 1953. El sha, Mohammad Reza Pahlavi, que había abandonado brevemente el país, regresó al poder con el respaldo occidental.
Tras el golpe, Mossadegh fue arrestado, juzgado por traición y condenado. Aunque inicialmente recibió una pena de prisión, pasó la mayor parte del resto de su vida bajo arresto domiciliario en su residencia. Allí permaneció aislado de la vida política hasta su muerte en 1967 (a veces se menciona erróneamente 1968). Su figura, sin embargo, se convirtió en símbolo de la lucha por la independencia nacional frente a la injerencia extranjera.
El regreso del sha supuso el establecimiento de un régimen autoritario fuertemente apoyado por Estados Unidos. Bajo su gobierno, Irán experimentó una modernización económica y social acelerada —la llamada “Revolución Blanca”—, pero también una creciente represión política, ejercida en gran medida por la policía secreta, la SAVAK. Muchos iraníes percibían al régimen como dependiente de Occidente y desconectado de las tradiciones y necesidades del país.
Ese malestar acumulado durante décadas desembocó en la Revolución iraní. En 1979, el sha fue finalmente derrocado y emergió como figura dominante el clérigo chií Ruhollah Khomeini, quien había estado exiliado durante años. Su discurso combinaba rechazo a la influencia occidental, denuncia de la corrupción del régimen y una propuesta de gobierno basada en principios islámicos.
La llegada de Jomeiní y de los clérigos al poder transformó profundamente el país: se instauró la República Islámica, con un sistema político donde la autoridad religiosa tiene un papel central. Para muchos de sus seguidores, esta revolución fue la única vía para romper con décadas de intervención extranjera —incluyendo el recuerdo persistente de la Operación Ajax— y recuperar el control sobre el destino del país.
Sin embargo, las consecuencias han sido complejas y a menudo contradictorias: por un lado, se logró una mayor independencia respecto a Occidente; por otro, se estableció un sistema político con fuertes restricciones a las libertades individuales y políticas. Hasta hoy, la figura de Mossadegh sigue siendo reivindicada por muchos iraníes como un símbolo de democracia frustrada y de lo que podría haber sido un camino diferente para Irán sin la intervención extranjera.

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