Escena: un despacho lleno de libros. Un historiador habla ante una pequeña audiencia en una presentación literaria.
HISTORIADOR
Señoras y señores… cuando hablamos de la Guerra Civil Española solemos caer en dos trampas: la simplificación y el ruido ideológico. Pero la historia —la de verdad— está llena de figuras incómodas, de trayectorias que no encajan del todo en ningún relato. Y precisamente ahí es donde, a mi juicio, aparece el interés de la próxima novela de Lorenzo Silva.
Porque Silva no ha elegido a un personaje evidente. No ha elegido a un gran líder político, ni a uno de los generales más conocidos del conflicto. Ha elegido a Miguel Campins. Y eso ya dice mucho.
Campins fue un militar profesional formado en el mismo mundo que muchos de los protagonistas del golpe de 1936. Un oficial que había hecho carrera en África, en la Guerra de Marruecos, ese laboratorio brutal donde se forjaron tantas lealtades y rivalidades dentro del Ejército español. Allí coincidió con muchos de los hombres que después marcarían el destino del país. Entre ellos, Franco.
No eran extraños. Pertenecían a la misma generación de oficiales africanistas, a ese grupo endurecido por campañas coloniales, por ascensos rápidos y por una cultura militar muy particular. En ese entorno se tejieron amistades, pero también jerarquías muy claras.
Cuando en 1936 Campins es destinado a Granada como gobernador militar, España ya es un país al borde del colapso. El clima político es explosivo, las conspiraciones circulan por los cuarteles, y en muchas ciudades los oficiales saben perfectamente que algo está a punto de ocurrir.
Y entonces llega julio.
El golpe militar estalla. En muchos lugares los mandos se posicionan de inmediato. Pero Campins… duda. O, mejor dicho, se niega a precipitarse.
No se suma al levantamiento con entusiasmo. Tampoco lo combate activamente. Intenta mantener el orden en la ciudad, evitar que la situación se descontrole. Y eso, en aquel momento, era casi una herejía.
Porque en Granada ocurre algo curioso en esos primeros días: pese a la tensión política, no hay un estallido inmediato de violencia civil. Campins se niega a repartir armas indiscriminadamente entre milicias. No quiere fomentar linchamientos. No quiere convertir la ciudad en un campo de batalla entre vecinos.
Su obsesión es una sola: mantener el orden público.
Pero la lógica del golpe no admite ambigüedades.
En Sevilla, el general Queipo de Llano ha tomado el control con brutal determinación. Y cuando Campins termina desplazándose allí para aclarar su posición ante las autoridades sublevadas, lo que encuentra no es comprensión, sino sospecha.
Para los conspiradores, la tibieza es traición.
Queipo lo somete a un consejo de guerra rapidísimo. La acusación es clara: no haberse sumado con decisión al movimiento.
No haber actuado.
No haber reprimido.
No haber tomado partido.
Y la sentencia llega con la velocidad con la que se estaban escribiendo muchas páginas de aquella guerra.
Fusilamiento.
Resulta trágico, si lo pensamos bien. Campins no fue ejecutado por defender activamente a la República con las armas. Tampoco por dirigir resistencia militar. Fue ejecutado, esencialmente, por intentar contener la violencia en un momento en que la violencia se había convertido en el lenguaje político dominante.
Ese tipo de destino —el de quienes quedan atrapados entre dos fuerzas que ya no admiten matices— es profundamente novelesco. Y también profundamente histórico.
Por eso tengo tanta curiosidad por la mirada de Silva. Porque Campins no es el héroe clásico ni el villano típico. Es algo más incómodo: un militar que creyó que aún era posible preservar cierto orden cuando el país ya estaba entrando en una espiral de guerra total.
Y la historia, como sabemos… no suele ser amable con quienes llegan tarde a comprender que el mundo que conocían ya ha desaparecido.

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