El polvo se levanta suave mientras el sol cae sobre la llanura. Tres figuras descansan junto a la valla de madera. Uno de ellos, joven, mira la arena con una mezcla de emoción y nervios.
—Entonces… ¿esto es todo? —pregunta el novato—. Siempre lo vi por la tele. Parece… no sé, emocionante.
Uno de los veteranos, con la piel curtida y una sonrisa cansada, escupe al suelo.
—Emocionante, dice. Claro que lo es. También lo es caerse de un tejado sin saber si te vas a levantar.
El otro vaquero, más callado, se ajusta el sombrero.
—Aquí no hay una sola cosa —añade—. Tienes monta de toros, de caballos broncos, carreras de barriles, lazos… Cada prueba es su propia manera de ponerte a prueba. O de romperte.
—¿Romperme? —el novato frunce el ceño.
—Sí —dice el primero—. Los toros no están ahí para que te luzcas. Están enfadados, asustados o entrenados para sacarte volando en segundos. Y los caballos broncos… —niega con la cabeza— esos bichos pueden partirte la espalda si caes mal.
El novato mira la arena otra vez, más serio.
—Pero… los cuidan, ¿no? Los animales, digo.
Los dos veteranos intercambian una mirada breve.
—Depende a quién preguntes —responde el callado—. Hay reglas, controles… pero también hay mucha polémica. Gente que dice que se les provoca dolor para que salten más. Que las cinchas, las espuelas… no siempre son tan “inofensivas” como dicen.
—Y no siempre están equivocados —añade el otro—. He visto cosas que no salen en la tele.
Un silencio incómodo se instala por un momento.
—¿Y esos tipos disfrazados? —pregunta el novato, buscando cambiar de tema—. Los que hacen reír al público.
El veterano sonríe de lado.
—Los payasos de rodeo. No están ahí solo para hacer chistes. Son los que te salvan la vida cuando el toro decide que aún no ha terminado contigo.
—¿Salvarte?
—Sí. Se meten entre tú y el animal. Lo distraen. Corren riesgos que ni te imaginas. Algunos se han hecho famosos por eso, por tener más agallas que sentido común.
El joven traga saliva.
—¿Y… la gente muere?
El silencio vuelve, esta vez más pesado.
—Sí —dice el vaquero callado—. No es lo normal, pero pasa. Más común son las lesiones: costillas rotas, conmociones, rodillas destrozadas… carreras que se acaban antes de empezar de verdad.
—Este deporte ama a los jóvenes —añade el primero—. Si eres rápido, fuerte, sin miedo… eres oro. Pero también te consume. A los treinta y pocos ya hay muchos que están hechos polvo.
El novato baja la mirada.
—Nunca hablan de eso en los anuncios.
—Claro que no —responde el otro con una risa seca—. En los anuncios hay cerveza fría, música country y marcas de tabaco patrocinando el evento. Todo muy bonito. Nadie te enseña al tipo que no puede levantarse de la cama al día siguiente.
—Ni al que ya no puede montar nunca más —dice el callado.
El viento sopla entre ellos. El novato respira hondo.
—Entonces… ¿por qué seguís?
Los dos veteranos se miran. Esta vez, ninguno sonríe.
—Porque cuando estás ahí arriba —dice uno finalmente—, esos ocho segundos… son lo más vivo que te vas a sentir en tu vida.
El otro asiente despacio.
—Y eso, chico… es difícil de dejar.
El novato vuelve a mirar la arena. Ya no parece solo emocionante. Ahora también parece peligrosa. Y, de alguna manera, irresistible.

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