La tablilla a la que te refieres encaja muy bien con las llamadas defixiones, las “tablillas de maldición” del mundo romano. En el sur de Inglaterra aparecieron muchísimas, sobre todo en lugares vinculados a santuarios y aguas termales, como Bath, la antigua Aquae Sulis. A comienzos de los 2000 volvió a hablarse bastante de una de ellas porque se estaba revisando y publicando material excavado décadas antes: una pequeña lámina de plomo donde alguien denunciaba el robo de una capa y pedía a una divinidad vengadora que castigara al ladrón de una forma brutal.
Lo interesante no es solo el texto, sino lo que revela sobre la vida cotidiana. La tablilla no la escribe un emperador ni un gran sacerdote: la encarga una persona común. Y una capa en la Britania romana no era cualquier cosa. Para mucha gente humilde podía ser una de sus pocas posesiones valiosas, algo caro de reemplazar y necesario para sobrevivir al clima húmedo y frío. Perderla equivalía a quedarse medio desprotegido. Así que cuando leemos esas maldiciones hay que quitarnos la idea moderna de “superstición pintoresca”: para aquella gente era casi una forma alternativa de justicia.
Muchas de estas tablillas decían cosas tremendas. El dueño robado ofrecía el nombre —si lo sabía— o dejaba la identidad “en manos del dios”, y pedía enfermedades, insomnio, esterilidad, locura o incluso muerte para quien hubiese robado el objeto. Algunas incluyen fórmulas del tipo “ya sea hombre o mujer, esclavo o libre”, porque el autor no sabía quién había sido. En el caso de la capa, la lógica era exactamente esa: “no sé quién me ha robado, pero tú, dios, encárgate”.
Había una especie de contrato simbólico con la divinidad. El perjudicado entregaba la tablilla al templo o la arrojaba a un manantial sagrado y transfería el asunto al dios. En Bath muchas iban dirigidas a Sulis Minerva, una mezcla entre la diosa celta Sulis y la Minerva romana. Era una religión muy práctica: “me han robado algo, tú castígalo y ayúdame a recuperarlo”.
Y ahí entra el contexto social que mencionas, el de las insulae y la vida plebeya. En las ciudades romanas, gran parte de la población vivía hacinada en edificios de alquiler, con poca privacidad y bienes muy limitados. Ropa, mantas, herramientas o pequeñas cantidades de dinero circulaban constantemente entre vecinos, esclavos, libertos, viajeros y trabajadores temporales. El robo menor debía de ser muy común. Pero el sistema judicial romano no estaba pensado para resolverle rápidamente a un pobre la desaparición de una prenda. Litigar costaba dinero, tiempo y contactos.
Las tablillas funcionaban entonces como varias cosas a la vez. Eran una descarga emocional, claro, pero también una herramienta social. Hacían público el agravio dentro de una comunidad religiosa. Incluso aunque nadie leyera físicamente la tablilla una vez depositada, existía la idea colectiva de que el dios sí la “leía”. Eso generaba miedo. Si eras sospechoso de haber robado algo y sabías que la víctima había acudido a Sulis o a otra divinidad vengadora, podías sentirte literalmente perseguido por una maldición divina. En sociedades profundamente religiosas, eso tenía peso psicológico real.
Algunos historiadores creen además que estas tablillas actuaban como una especie de presión comunitaria indirecta. En vez de acusar frontalmente a alguien —algo peligroso si no tenías pruebas ni poder social— dejabas que el dios hiciera el trabajo. Era una forma de canalizar conflictos cotidianos sin enfrentarse directamente a personas quizá más fuertes, más ricas o mejor conectadas.
Lo fascinante es el tono tan humano de los textos. No suenan solemnes como las grandes inscripciones imperiales. Suenan enfadados, resentidos, desesperados. A veces hasta mezquinos. Hay quien pide que el ladrón “no pueda dormir ni tener hijos” hasta devolver una túnica. Otro suplica que el culpable “se consuma como el plomo” de la tablilla. Son voces de gente corriente que normalmente desaparece de la historia escrita.
Y por eso estas tablillas son tan valiosas para los arqueólogos: porque permiten oír directamente a la plebe romana, algo rarísimo. No hablan los senadores; habla alguien a quien le han quitado la capa y siente que el mundo le debe justicia.

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