Se ha hecho famosa por darse a la fuga con 96 años, pero Ingard F. es la protagoista de una historia de terror. Fue la secretaria del campo de concentración de Stuttfof y se la acusa de complicidad en la muerte de 12.412 pesonas. Al final, ha tenido que hacer frente a la Justicia.
El tribunal había preparado una gran sala en una nave industrial para uno de los últimos juicios propiciados por el castigo de los horrores del Holocausto. Los 12 abogados de la acusación se hallaban en la sala el 30 de septiembre de 2021. El abogado defensor de Imgard F. también se hallaba presente. Eran las 10 de la mañana y la acusada, una anciana de 96 años, no se presentaba. Había salido de la residencia de ancianos donde vive, cerca de Hamburgo, y se había subido en un taxi. Con su intento de huída, la Fiscalía entiende que la acusada está en plenas facultaes físicas y mentales ante un juicio por delito de genocidio.
La acusación procesa a Imgard F. en su condición de secretaria del campo de concentración de Stutthof de complicidad en la muerte de 11.412 pesonas entre los años 1943 y 1945. También de colaborar en 18 tentativas de homicidio. La defensa argumenta que esta mujer no sabía ni podía tener conocimiento, aunque lo hubiera deseado, de lo que sucedía tras las alambradas porque su trabajo se desarrollaba enteramente entre las cuatro paredes de un despacho.
El abogado de la acusación, Christoph Rücitell representa a otros a Josef Salomonovic, que era un niño de corta edad durante el Holocausto.
"Lo único que puedo contar al Tribunal es mi historia. Puedo contar el frío que hacía en el patio a la hora del recuento. Si el abogado de la mujer me pregunta cuánto tiempo teníamos que pasarnos allí de pie, le podría decir que no era raro que nos pasásemos allí el día entero. Hacía frío. Tenía hambre. Hacía viento. Eso es lo que puedo contar. Pero, ¿qué puedo decirles de esa mujer?¿Que sí la ví? La oficina donde ella trabajaba estaba a 180 metros del patio. No lo sé. Pero tampoco vi a la gente colgada del cuello. Y colgaron a gente. ¿Y cómo lo sabe usted?, me preguntará el abogado. Y yo le dire. "Por que mi madre sí los vio?""Y por qué no los vio usted?, insistirá. "Porque ra un niño", le diré. Porque estaba encogido detrás de las piernas de mi madre. Porque delante de mí había otras cinco hileras de mujeres a pie". Josef Salomonovic tenía 6 años a su llegada al campo de Stutthof. Imgard F. acababa de cumplir la mayoría de edad.
Imgard había nacido en 1925 en una aldea de lasa fueras de Danzig. A los 16 años empezó su labor como estenotipista es el Drasdner Bank, que era un banco utilizado para sus operaciones financieras por las S.S.. Es posible que parte de sus tareas ya por entonces estuvieran relacionadas con el campo de conentración de Stutthof. Se casó con un sargento de las S.S. que tocaba en la banda del campo. Empezó a trabajar como secretario personal del comandante, del campo de Stutthof, un tal Paul-Werner Hoppe.
Josef Salomonovic había nacido en 1938, pocas semanas antes de la Noche de los Cristales Rotos, un prógromo contra las sinágogas y los negocios de los judíos alemanes. Dora, su madre, había esdiado en la Escuela de Comercio, y Erich, su padre, era ingeniero.Tenía un hermano mayor, Mikhael. Un día Dora finge alegría para comunicar que toda la familia se va de excursión a Polonia. En realidad, la familia habñia recibido órdenes de las autoridades de ocupación de dirigirse a Praga.
"A 1000 personas procedentes de Praga se nos condujo al ghetto de Lodz. De esas personas, solamente 48 sobrevivimos al Holocausto. Y de sas 46, solo vivimos en 2021, dos. Una de ellas, yo".
En el guetho Salomonovis aprendió lo que era el hambre. Se le cayeron los dientes de leche pero no salieron los definitivos. A veces, los alemanes reunían a los niños, los subían en camiones, las infames camionetas Becker, arrancaban el motor, y dejaban que los gases de combustión del motor los ahogasen bajo el toldo. Un día, las patrullas llegaron a su casa buscando niños pero Dora escondió a Josef en el desván.
Del Ghetto fueron trasladados a Auschwitz, donde la familia fue separada. Josef fue incapaz de reconocer a su madre entre equella multitud de mujeres desnudas, rapadas y desnutridas. Pero Dora sí le reconoció a él. Lo demostró saliendo de la ultitus cuando la guardiana dio autorización, acercándose a él y atándole los zapatos. Era 1944. Verano. Luego subieron a los cuatro miembros de la familia Salomonovic en un tren y los llevaron al campo de concentración de Stutthof.
Por su parte, todas las mañanas Imgard F. cruzaba el portón del cam po, pasaba junto a un estanque con cisnes y subía a la oficina del primer piso de la villa del comandante. En 1950, cuando no se perseguía a los colaboradores del Holocausto, llegó a adecir con orgullo que toda la correspondencia administrativa del campo pasaba por sus manos. Si eso no era más que una bravata, quiere decir que firmó sentencias de muerte y colaboró en los traslados a los campos de la muerte.
En 2017 las autoridades registraron su habitación de la residencia en busca de documentos comprometedores. En vano. Todo ese tipo de correspondencia explosiva había sido destruído durante los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial o en la posguerra europea. La versión de la importancia de su trabajo había cambiado. Ahora Imgard solo se ocupaba del material de jardinería.
Perp por narices tuvo que saber, aunque se hubiera esforzado por ignorar. En 1944 Stutthof estaba al borde de su capacidad, y lo mismo podía decirse del resto de los campo de concentración. Se llevaba a prisioneros de 15 en 15 a las cámaras de gas o se los alineaba contra un paderon con la excusa de medirlos. Un S.S. los mataba de un tiro en la nuca.
También se dejó de alimentarlos regularmente. Una mujer moribunda se cayó dentro de la marmita de la sopa aguada. Los demás prisioneros la sacaron, la desnudaron y rebañaron de su vestido y de su cuerpo desnudo toda la sopa que pudieron en medio de una barahunda inhumana.
¿Cómo es posible que Imgard F. viviese sin saber de todo aquello?
Dora, mikhael y Josef Salomonovic sobrevivieron al Holocausto. Erich cayó enfermo y fue rematado con una inyección de benceno por los médicos del campo. Le preguntaron si alguien necesitaba una inyección de vitaminas para poder rendir en los trabajos forzados. Demencial.
Imgard no fue molestada ni por las autoridades alemanas de posguerra ni por los aliados tras la guerra. Tuvo que declarar varias veces como testigo contra su jefe, al que adoraba. Pero incluso para el comandante Hoppe la posguerra fue cómoda puesto que solamente fue ondenado a cinco años de privación de libertad. Tras la guerra solía visitar a Imgard y su marido.
En 2011 se dictaminó que todas las personas que colaborasen, aunque no se les pudiera adjudicar muertes personales, podían ser procesadas y condenadas, tras el juicio a un guardia que jamás mató personalmente a nadie. Pero que estuvo allí y facilitó el trabajo a los que apretaban el gatillo.
Imgard fue detenida el mismo día de su fuga y lo único que consiguió es que su juicio se postergase hasta el 19 de octubre de 2021.
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