La codicia, la suerte y el empecinamiento de un despiadado hombre de negocos alemán obsesionado con La Iliada condujeros alhallazgo de los restos de Troya, la mítica ciudad cantada por Homero. El descubrimiento fue grandioso y escandaloso. Se cumplen 200 años del descubrimiento de Heinrich Schliemann, el hombre que dio un vuelco a la arqueología.
En 1870 ningún sabio consideraba que la Iliada fuera ua cidad real fuera de las alucubraciones del poeta oral Homero en el siglo VII a de C. Pero para Heinrich Schliemann, un alemán enriquecido desde la nada, era un indicio bastante bueno para dejar a su esposa, viajar a la Turquía de los otomanos y ponerse a buscar sus ruinas con los versos del rapsoda grieo com principal guía.
La obsesión de Schliemann comenzó durante las Navidades de 1829, cuando tenía 7 años y le regalaron una Historia Universal para niños. Una de las ilustraciones mostraba al héroe Eneas junto con su padre Anquises y su hijo Ascanio Iulo, huyendo de la ciudad de Troya en llamas. "Cuando sea mayor yo encontraré Troya y el tesoro del rey Priamo", se juró Schliemann.
Schliemann nació el 6 de enero de 1822 en la ciudad alemana de Newbukow. Era hijo de un pastor protestante que le inculcó su amor por la historia de la Grecia clásica. A los 14 años, los problemas aconómicos le obligaron a trabajar como tendero en la pequeña ciudad de Fürsternberg. Durante toda su adolescencia vendió aguardiente, salchichas y arenques.
En 1841 nos encontramos a Schliemann trabajando como escribiente en Amsterdam. Alquiló una buhardilla en la que dedicaba sus ratos libres a estudiar idiomas. A los 22 años ya dominaba siete- entre ellos, el ruso- lo que le dio la oportuidad de trabajar como corresponsal de una empresa alemana en San Petersburgo.
En la Venecia del Norte abrió su propio negocio de reventa de polvo de oro y contrajo matrimonio con Ekaterina, una aristócrata rusa con la que tuvo tres hijos. A los 32 años ya era rico.
A los 32 viajó a California, donde fundó un banco para explotar la fiebre del oro. Se había convertido en un empresario despiadado y agresivo que metía los dedos en cualquier tarta que le pudiera reportar beneficios, ya se tratara de las pepitas de oro encontradas en California en 1849 y los bonos de aprovisionamiento del ejército británico en la guerra de Crimea.
Tras la Guerra de Secesión Schliemann ya dominaba quince idiomas. Entre ellos, el griego clásico, asombró al mundo cuando anunció que abandonaba los negocios para poder cumplir su sueño de encontrar las ruinas de Troya.
En 1869 se divorcia de Ekaterina y contrajo segundas nupcias con Sofía Engastrómenos, una adolescencente de Atenas de unos 18 años, que acompañaría a su nuevo marido en todas las excavaciones.
Los eruditos de la época opinaban que esas ruinas debían encontrarse en Burnabashi, a tres horas de la costa. Schlimann la descartó porque en el texto Homero afirmaba que los barcos de los aqueos podían recorrer las defensdas costeras de la ciudad varias veces al día. Optó por excavar en la colina de Hissarlik,por consejo del cónsul de los Estados Unidos en Turquía, Frank Calvert.
Otra baza a favor de Hissarlik fueron los textos del historiador y militar Jenofonte. Tanto él como el lacedemonio Mindaro escribieron que el propio Jerjer, rey persa, había sacrificado cientos de animales en Hissarlik a favor de la Minerva troyana.
Una vez que obtuvo los permisos del Gobierno otmano, Schliemann empezço a excavar en una ladera de Hissarlik. Pese a las decisiones polémicas que tomó a lo largo de su vida, Schliemann siempre dijo que la idea de excavar allí fue del inglés.
Schliemann encontró armas, joyas de poca monta y planos de los contornos de un muro, pero Schliemann estaba dispuesto qa encontrar el tesiri del rey Priamo, salvo en el supuesto que hubiese sido saqueado por los invasores troyanos. Entre 1870 y 1873 aparecieron muros y construcciones que se correspondían con sucesivas fases de ocupación de la ciudad. Schliemann pensaba que la Troya de los cantos épicos se encontraba en el estrato más profundo de las excavaciones pero se equivocó. La ciudad que le interesaba se encontraba en el estrato menos profundo.
Schliemann tenía razón. Las evidencias arqueologicas demuestran que el lugar estuvo habitado desde 2500 a de C, pero que aparece con otro nombre en los documentos administrativos de la época: Ilión. Era una ciudad hitita. Por lo visto, hubo conflictos con los aqueos de Micenas hacia 1300 a de C por los derechos de peaje que abrían la puerta a las naves aqueas a los mercados y las materias primas del Mar Negro. El conflicto debió ser lo suficientemente importante como para que Homero y otros rapsodas orales lo narrasen en verso siglos después.
La rivalidad entre Aquiles y Héctor, los lamentos del rey Priamo por recuperar el cadáver de su hijo Héctor, la ira de Aquiles ante la muerte por error de su joven amigo Patroclo... Todo eso perenece al acerbo mitológico de la Grecia clásica, una herencia que ha influído en nuestra idea del amor, el honor, la guerra y sus funestas consecuencias y la cultura.
En 1873 Schliemann estaba supervisando las excavaciones cuando encontró que algo en el suelo brillaba. Oro. No quería que su cuadrilla de excavadores lo viera así que les dio el resto del día libre y, una vez a solas, se puso a excavar. Lo que encontró, un rico ajuar de oro y plata, lo consideró como el tesoro de Priamo, aunque pertenecía a un estrato más antiguo al 1300 a de C.
Entre las joyas había una diadema de oro femenina. Según cuenta la leyenda Schliemann la puso sobre la cabeza de su esposa Sofía, y se jactó de hacerlo por escrito, aunque los estudiosos opinan que eso jamás sucedío, entre otras cosas, porque Sofía no se encontraba dentro del terreno de las excavaciones ese día.
El hallazgo del ajuar funerario corrió como la pólvora entre los trabajadores, por lo que nuestro avispado arqueólogo aficionado quiso sortear a los guardias y al Gobierno turco sacando el tesoro de Turquía y llevándolo a Grecia, donde lo escondió en una granja propiedad de la familia de su esposa. Schliemann se había convertido en un expoliador.
Las autoridades otomanas lo acusaron de expolio y se formó un incidente diplomátoco entre el Gobierno griego y el turco. El tesoro de Priamo fue donado posteriormente a un museo de Berlín. Las tropas soviéticas lo confiscaron y estuvo en pararedo desconocido hasta que en 1993, reaparecieron las joyas en los sótanos del museo Puhkin de Moscú.
Schiliemann siguió excavando en Grecia ruinas del periodo micénico y encontró una máscara funeraria de oro, que el atribuyó al ajuar funerario del rey Agamenón, aunque en realidad pertenecieran a un líder desconocido de un periodo anterior. Moriría en plena vía pública, en 1890, de un ataque al corazón mientras los demás transeuntes discutían cómo socorrerle.
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