Los patriotas habían organizado una eficaz red de vigilancia. Cuando se supo que las tropas británicas salían de Boston durante la noche, Paul Revere, acompañado en parte del recorrido por William Dawes y, más tarde, por Samuel Prescott, recorrió varios pueblos para advertir de la llegada de los soldados. La famosa frase «¡Vienen los ingleses!» es en realidad un mito popular, ya que la mayoría de los habitantes de la zona también se consideraban británicos; lo importante fue que consiguió movilizar a las milicias antes de que llegaran las tropas.
En Lexington, un pequeño grupo de milicianos esperaba en la plaza del pueblo. Nadie sabe con certeza quién disparó el primer tiro, el llamado «disparo oído alrededor del mundo». Tras unos minutos de confusión, los soldados británicos dispersaron a los milicianos y continuaron hacia Concord. Allí encontraron menos armas de las que esperaban porque los colonos habían escondido gran parte del material. En el puente norte de Concord los milicianos resistieron y obligaron a los británicos a retroceder. Durante la larga retirada hacia Boston, miles de campesinos armados disparaban desde muros de piedra, bosques y casas, hostigando constantemente a la columna británica. Aquella táctica causó numerosas bajas y demostró que el ejército regular podía sufrir mucho frente a una guerra de emboscadas.
Los hombres que participaron en estos combates eran en gran medida los llamados Minutemen, milicianos que se comprometían a estar preparados para combatir en apenas un minuto de aviso. No eran soldados profesionales, sino granjeros, artesanos, comerciantes y vecinos que entrenaban periódicamente y llevaban sus propias armas. Esa condición tenía ventajas, porque conocían perfectamente el terreno, estaban muy motivados y podían movilizarse con rapidez. Sin embargo, también planteaba numerosos problemas a sus mandos. La disciplina era muy irregular; muchos hombres consideraban que obedecían mientras las órdenes les parecieran razonables, regresaban a casa cuando tenían que atender sus cosechas o cuando expiraba el tiempo de alistamiento, y no siempre aceptaban la autoridad de oficiales que no pertenecían a su comunidad. Además, el armamento era muy desigual, faltaban municiones, uniformes y entrenamiento para realizar maniobras complejas. Cuando George Washington asumió el mando del Ejército Continental pocos meses después, una de sus mayores preocupaciones fue precisamente transformar ese conjunto de milicias locales en un ejército capaz de enfrentarse de igual a igual a las tropas británicas.
En la movilización previa a Lexington y Concord desempeñaron un papel muy importante John Adams, John Hancock y Paul Revere, aunque de formas distintas. John Adams era uno de los principales líderes políticos del movimiento patriota en Massachusetts. Defendía que las colonias debían resistir las medidas británicas y utilizó su prestigio como abogado y diputado para impulsar la coordinación entre las colonias. No participó directamente en los combates, pero su influencia política fue decisiva para mantener la resistencia y, posteriormente, para convencer a muchos delegados de que la independencia era la única solución posible.
John Hancock era un rico comerciante de Boston y presidente del Congreso Provincial de Massachusetts. Los británicos lo consideraban uno de los cabecillas de la rebelión y pretendían arrestarlo durante la expedición a Concord. La noche del avance británico se encontraba precisamente en Lexington junto a Samuel Adams. Gracias a las advertencias de Paul Revere y de otros mensajeros pudo escapar antes de la llegada de las tropas. Más adelante sería elegido presidente del Segundo Congreso Continental y su enorme firma acabaría convirtiéndose en el símbolo de la Declaración de Independencia.
Paul Revere, por su parte, no fue un gran dirigente político ni un importante comandante militar, pero sí un extraordinario organizador de la red de comunicaciones patriota. Su famoso recorrido nocturno permitió que decenas de pueblos movilizaran a sus milicianos antes de la llegada del ejército británico. Su actuación fue uno de los mejores ejemplos de cómo funcionaban las redes de información creadas por los Comités de Correspondencia, fundamentales para coordinar la resistencia colonial.
Pocas semanas después de Lexington y Concord tuvo lugar la batalla de Bunker Hill, el 17 de junio de 1775. Aunque recibe ese nombre, la mayor parte del combate se desarrolló realmente en Breed's Hill, una colina cercana al puerto de Boston. Los colonos habían fortificado esa posición para impedir que los británicos dominaran completamente la ciudad. El ejército británico lanzó varios asaltos frontales contra las defensas americanas. Los defensores resistieron dos ataques y solo cedieron durante el tercero, cuando prácticamente se quedaron sin munición. La batalla terminó con una victoria táctica británica, ya que ocuparon la colina, pero fue una victoria muy costosa. Las tropas del rey sufrieron más de un millar de bajas entre muertos y heridos, una cifra enorme para la época, mientras que los colonos perdieron bastantes menos hombres. El combate convenció a muchos oficiales británicos de que la guerra sería mucho más larga y difícil de lo que habían imaginado. También nació en torno a esta batalla la famosa frase «No disparéis hasta ver el blanco de sus ojos», aunque no está claro quién la pronunció realmente.
Mientras se desarrollaban estos primeros enfrentamientos militares, los representantes de las colonias intentaban encontrar una solución política. El Primer Congreso Continental, reunido en Filadelfia entre septiembre y octubre de 1774, congregó a delegados de doce de las trece colonias; Georgia fue la única que no pudo enviar representantes. En aquel momento la mayoría de los asistentes no buscaba todavía la independencia, sino obligar al rey Jorge III y al Parlamento británico a retirar las llamadas Leyes Intolerables impuestas a Massachusetts. Entre los delegados figuraban personalidades como George Washington, Patrick Henry, John Adams y Samuel Adams.
Durante las sesiones se debatió cómo responder de forma unitaria a la política británica. El Congreso aprobó una declaración de derechos de los colonos, organizó un boicot económico a los productos británicos mediante la Asociación Continental y acordó volver a reunirse si Londres no modificaba su política. En definitiva, el Primer Congreso supuso el primer gran intento de cooperación política entre las colonias y creó una estructura común que más adelante facilitaría la organización de la guerra y del futuro Estado estadounidense.
Cuando el conflicto ya estaba plenamente abierto, el Segundo Congreso Continental dio un paso mucho más radical. El 4 de julio de 1776 aprobó la Declaración de Independencia, redactada principalmente por Thomas Jefferson con la colaboración de John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman y Robert Livingston. El documento seguía una estructura muy cuidada. Comenzaba con un preámbulo, en el que se explicaba que un pueblo tiene derecho a romper sus vínculos políticos cuando estos se vuelven injustos. Después exponía una declaración de principios, inspirada en la Ilustración y especialmente en John Locke, donde afirmaba que todos los hombres nacen con derechos naturales —como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad— y que los gobiernos existen para proteger esos derechos, obteniendo su autoridad del consentimiento de los gobernados.
A continuación aparecía la parte más extensa del texto: una larga lista de acusaciones contra el rey Jorge III, al que se responsabilizaba de abusos como imponer impuestos sin representación, mantener ejércitos permanentes en tiempos de paz, limitar la autonomía colonial, obstaculizar la justicia o atacar las libertades de los colonos. Finalmente, el documento concluía con la proclamación formal de independencia, en la que las colonias se declaraban «Estados libres e independientes», con plena capacidad para hacer la guerra, firmar tratados y mantener relaciones internacionales como cualquier otro país soberano.
La Declaración de Independencia no solo justificó la separación de Gran Bretaña, sino que se convirtió en uno de los textos políticos más influyentes de la Edad Contemporánea. Sus principios inspiraron posteriormente la Revolución Francesa, los movimientos independentistas de Hispanoamérica y numerosas constituciones liberales de los siglos XVIII y XIX.

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