La Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783) no fue una sucesión de victorias fáciles para los colonos, sino un conflicto largo y lleno de altibajos en el que la estrategia, la ayuda extranjera y la resistencia fueron tan importantes como las propias batallas.
Al principio de la guerra, los británicos confiaban en derrotar rápidamente a los rebeldes gracias a la superioridad de su ejército profesional. La campaña de Manhattan, en 1776, parecía confirmar esa idea. Tras la Declaración de Independencia, el general George Washington intentó defender Nueva York, pero el ejército británico, dirigido por William Howe, desembarcó con una enorme fuerza y derrotó a los estadounidenses en la batalla de Long Island. Washington tuvo que retirarse primero de Brooklyn y después de Manhattan, perdiendo también Fort Washington. Aquella campaña fue un duro golpe para la moral revolucionaria y muchos pensaban que la guerra estaba prácticamente perdida. Sin embargo, Washington consiguió evitar que su ejército fuese destruido, retirándose ordenadamente hacia Pensilvania.
Precisamente cuando la causa independentista parecía hundirse llegó uno de los episodios más famosos de toda la guerra: el paso del río Delaware. Durante la noche del 25 al 26 de diciembre de 1776, en medio del frío, la nieve y el hielo, Washington cruzó el río con unos 2.400 soldados para sorprender a la guarnición enemiga de Trenton. El riesgo era enorme, pero el ataque salió mejor de lo esperado.
La batalla de Trenton terminó con una clara victoria estadounidense. Los soldados enemigos eran en su mayoría hessianos, mercenarios alemanes contratados por Gran Bretaña, que fueron sorprendidos tras las celebraciones navideñas. Más de novecientos fueron capturados y las bajas estadounidenses fueron mínimas. Aunque militarmente no fue una batalla gigantesca, su impacto psicológico fue enorme: demostró que el Ejército Continental podía derrotar a tropas profesionales y animó a muchos soldados a renovar su compromiso con la revolución.
El siguiente gran punto de inflexión fue la campaña de Saratoga, en 1777. El plan británico consistía en aislar Nueva Inglaterra del resto de las colonias mediante un avance desde Canadá dirigido por el general John Burgoyne. Sin embargo, Burgoyne quedó aislado porque los otros ejércitos británicos no consiguieron apoyarlo. Rodeado por las fuerzas estadounidenses dirigidas por Horatio Gates y con un papel muy importante del combativo Benedict Arnold antes de su traición, Burgoyne acabó rindiéndose con todo su ejército. La victoria de Saratoga convenció a Francia de que los rebeldes tenían posibilidades reales de ganar la guerra, por lo que decidió entrar oficialmente en el conflicto como aliada de los Estados Unidos.
En 1778 tuvo lugar la batalla de Monmouth, en Nueva Jersey. Después de que los británicos abandonaran Filadelfia para concentrarse en Nueva York, Washington decidió atacar durante la retirada. La batalla se desarrolló bajo un calor sofocante y estuvo marcada por problemas de coordinación entre los mandos estadounidenses, especialmente por la actuación del general Charles Lee, que ordenó una retirada desorganizada. Washington logró reorganizar sus tropas y resistir los ataques británicos. Aunque el combate terminó prácticamente en empate, el Ejército Continental demostró que, tras el duro entrenamiento recibido en Valley Forge de manos del barón von Steuben, ya podía enfrentarse en igualdad de condiciones al ejército británico.
A medida que avanzaba la guerra, el escenario también se trasladó al mar. La batalla del Chesapeake, en septiembre de 1781, fue una gran victoria naval francesa frente a la flota británica. El almirante francés François Joseph Paul de Grasse impidió que la Marina Real pudiera abastecer o evacuar al ejército británico de Cornwallis, que se encontraba en Yorktown. Esta victoria naval fue decisiva porque dejó aisladas a las fuerzas británicas.
Ese aislamiento permitió el asedio de Yorktown, la última gran batalla de la guerra. Washington marchó hacia Virginia junto al ejército francés dirigido por el conde de Rochambeau. Mientras tanto, la escuadra francesa bloqueaba la costa. Tras varias semanas de bombardeo y asedio, Cornwallis comprendió que no tenía posibilidad de recibir ayuda y se rindió el 19 de octubre de 1781. Aunque todavía hubo algunas operaciones menores, la derrota convenció al Parlamento británico de que la guerra estaba perdida y poco después comenzaron las negociaciones de paz que culminaron con el Tratado de París de 1783.
La guerra también se libró intensamente en el mar. Como los estadounidenses apenas tenían una marina de guerra al comienzo del conflicto, recurrieron con frecuencia a los corsarios, es decir, barcos privados autorizados por el Congreso Continental para capturar buques mercantes británicos. Estos corsarios atacaban el comercio inglés, obtenían suministros y causaban importantes pérdidas económicas. Aunque la poderosa Royal Navy siguió dominando los océanos, tuvo que dedicar numerosos barcos a proteger sus rutas comerciales.
Entre todos los marinos estadounidenses destacó John Paul Jones, considerado el padre de la Marina estadounidense. Su acción más célebre tuvo lugar en 1779 al mando del Bonhomme Richard, cuando se enfrentó frente a las costas británicas a la moderna fragata HMS Serapis. El barco de Jones estaba muy dañado y parecía condenado a la derrota. Cuando el capitán británico le preguntó si pensaba rendirse, Jones respondió la famosa frase: «¡Todavía no he empezado a luchar!». Aprovechando que ambos barcos quedaron enganchados, convirtió el combate en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Tras horas de lucha, la Serapis terminó rindiéndose. El Bonhomme Richard acabó hundiéndose por los daños sufridos, pero Jones había conseguido una victoria espectacular que tuvo un enorme valor propagandístico para la causa estadounidense.
La independencia difícilmente habría sido posible sin la ayuda de Francia y España. Francia aportó dinero, armas, soldados, oficiales experimentados y, sobre todo, una poderosa flota. Uno de sus personajes más famosos fue el joven marqués de Lafayette, que llegó como voluntario y se convirtió en uno de los hombres de mayor confianza de George Washington. Lafayette participó en numerosas campañas y desempeñó un papel importante durante la campaña de Yorktown.
España nunca reconoció oficialmente la independencia durante la guerra, pero combatió contra Gran Bretaña como aliada de Francia desde 1779. Su figura más destacada fue Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española. Gálvez conquistó Baton Rouge, Mobile y finalmente Pensacola, expulsando a los británicos de Florida Occidental. Gracias a ello, Gran Bretaña tuvo que desviar tropas y recursos hacia el golfo de México, reduciendo la presión sobre los rebeldes del este. Además, España suministró armas, dinero y pólvora a los insurgentes a través del río Misisipi.
Uno de los episodios más conocidos de la guerra fue la traición de Benedict Arnold. Arnold había sido uno de los mejores generales estadounidenses y un auténtico héroe en Saratoga. Sin embargo, se sentía poco reconocido por el Congreso, estaba endeudado y comenzó a negociar en secreto con los británicos. En 1780 aceptó entregar el estratégico fuerte de West Point a cambio de dinero y de un puesto en el ejército británico. El plan fue descubierto cuando capturaron al espía británico John André con documentos comprometedores. Arnold consiguió escapar y pasó a servir como general británico, convirtiéndose para los estadounidenses en el símbolo por excelencia de la traición.
La guerra también tuvo un importante componente social relacionado con la esclavitud. En 1775 el gobernador británico de Virginia, Lord Dunmore, prometió la libertad a los esclavos pertenecientes a rebeldes que se unieran al ejército británico. De esa promesa nació la Legión Etíope, una unidad formada por esclavos fugitivos que combatieron con los casacas rojas. Aunque la unidad fue relativamente pequeña y sufrió muchas bajas debido a las enfermedades, demostró que miles de esclavos estaban dispuestos a luchar por su libertad, independientemente del bando. Al finalizar la guerra, varios miles de afroamericanos leales a Gran Bretaña fueron evacuados a Canadá, el Caribe o Sierra Leona, aunque la esclavitud continuó existiendo en los nuevos Estados Unidos.
Otro elemento característico del ejército británico fue el uso de los hessianos, soldados profesionales procedentes de diversos principados alemanes, especialmente Hesse-Kassel. No eran simples mercenarios individuales, sino tropas alquiladas por sus gobernantes al rey británico. Unos treinta mil hessianos sirvieron durante la guerra y participaron en muchas campañas importantes, desde Nueva York hasta el sur. Eran soldados muy disciplinados y eficaces, pero su presencia fue utilizada por la propaganda revolucionaria para presentar al rey Jorge III como un monarca que necesitaba contratar extranjeros para luchar contra sus propios súbditos. La derrota de una gran parte de ellos en Trenton tuvo un enorme impacto moral.
La victoria estadounidense tuvo consecuencias trascendentales. En primer lugar, las trece colonias obtuvieron el reconocimiento de su independencia mediante el Tratado de París de 1783 y nació oficialmente Estados Unidos. En segundo lugar, el éxito de la revolución inspiró otros movimientos liberales y nacionalistas, especialmente la Revolución Francesa y, décadas después, las independencias de Hispanoamérica. Además, quedó demostrado que una potencia europea podía ser derrotada por una combinación de resistencia local, liderazgo político, guerra de desgaste y apoyo internacional. Sin embargo, la nueva nación mantuvo importantes problemas sin resolver, como la continuidad de la esclavitud, las tensiones con los pueblos indígenas y la necesidad de construir un sistema político estable que desembocaría en la Constitución de 1787.

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