Jerusalén: la ciudad que nunca debió ser tan importante
Un reportaje imaginario basado en una entrevista al historiador Eric H. Cline (2005)
Jerusalén. Hay ciudades que dominan el mundo por su riqueza, por su posición geográfica o por controlar grandes rutas comerciales. Y luego está Jerusalén: una ciudad levantada sobre colinas áridas, lejos de los grandes puertos y de las principales arterias del comercio antiguo, sin un río navegable ni una ubicación militar privilegiada. Sin embargo, pocas ciudades han sido tan disputadas.
El historiador y arqueólogo Eric H. Cline, especialista en el Oriente Próximo y autor de importantes estudios sobre Jerusalén, resumía en una entrevista realizada en 2005 una paradoja que ha desconcertado a generaciones de investigadores: Jerusalén no debería haber sido una ciudad importante por razones estratégicas o económicas. Su importancia es, sobre todo, espiritual y simbólica.
Quizá por eso mismo su historia parece desafiar toda lógica.
Una ciudad construida sobre una paradoja
Jerusalén ha sido destruida al menos dos veces, sitiada en más de veinte ocasiones, conquistada y reconquistada decenas de veces, y ha sido escenario de más de un centenar de conflictos y batallas a lo largo de unos cuatro mil años de historia.
No es la ciudad más antigua habitada del mundo, ni la más grande de la Antigüedad. Tampoco fue la capital de un gran imperio durante la mayor parte de su existencia. Entonces, ¿por qué tantos pueblos la desearon?
La respuesta, explica Cline, se encuentra en algo intangible: Jerusalén terminó convirtiéndose en el punto donde distintas civilizaciones situaron la presencia de Dios y el corazón de su identidad colectiva.
David: cuando una fortaleza se convirtió en capital
La historia política de Jerusalén cambió alrededor del año 1000 a. C., cuando el rey David conquistó la antigua fortaleza jebusea.
David tomó una decisión brillante desde el punto de vista político: eligió una ciudad que no pertenecía a ninguna de las tribus israelitas y la convirtió en la capital de un reino unificado. Jerusalén pasó de ser una pequeña ciudad fortificada a convertirse en el símbolo de la monarquía de Israel.
Su hijo, Salomón, levantaría allí el Primer Templo, consolidando su dimensión religiosa.
Según Cline, ese momento marcó un antes y un después: Jerusalén dejó de ser simplemente una ciudad para transformarse en una idea.
Ciro: el conquistador que permitió regresar
En 586 a. C., el rey babilonio Nabucodonosor destruyó Jerusalén y el Primer Templo.
Décadas más tarde apareció una figura inesperada: Ciro el Grande, fundador del Imperio Persa.
Lejos de imponer una política de destrucción cultural, Ciro permitió el regreso de los judíos exiliados y autorizó la reconstrucción del templo.
Para el judaísmo, Ciro ocupa un lugar excepcional: un rey extranjero presentado como instrumento de la voluntad divina.
Jerusalén volvió a levantarse.
Alejandro Magno: el mundo helenístico llama a la puerta
Cuando Alejandro Magno conquistó el Levante en el siglo IV a. C., Jerusalén apenas opuso resistencia.
Su importancia no estuvo en una batalla memorable, sino en las consecuencias.
Tras la muerte de Alejandro, la ciudad quedó atrapada entre los reinos helenísticos de los Ptolomeos y los Seléucidas. Llegaron la lengua griega, nuevas costumbres y un profundo conflicto cultural.
Ese choque desembocaría en una rebelión.
Los hermanos Macabeos: una revuelta por la identidad
Los hermanos Macabeos encabezaron una insurrección contra el dominio seléucida en el siglo II a. C.
No luchaban únicamente por el poder político. Defendían la libertad de practicar su religión y conservar su identidad.
La recuperación y purificación del Templo dio origen a la festividad judía de Janucá, una celebración que recuerda precisamente la recuperación de Jerusalén.
Fue uno de los pocos momentos en que la ciudad volvió a gobernarse de manera independiente.
Herodes: el constructor obsesionado con la eternidad
Pocos gobernantes transformaron tanto Jerusalén como Herodes el Grande.
Aliado de Roma y profundamente impopular entre muchos judíos, convirtió la ciudad en una metrópolis monumental.
Amplió el Monte del Templo hasta dimensiones colosales y construyó el templo más impresionante de su tiempo.
Hoy, el Muro Occidental es el fragmento más visible de aquella gigantesca obra.
Paradójicamente, el monumento más importante del judaísmo contemporáneo pertenece a un proyecto impulsado por un rey muy cuestionado.
Jesús de Nazaret: Jerusalén entra en la historia universal
En tiempos de Herodes y de la ocupación romana apareció otra figura decisiva: Jesús de Nazaret.
Su entrada en Jerusalén, su predicación en el templo, su crucifixión y, según la tradición cristiana, su resurrección, hicieron de la ciudad el centro espiritual del cristianismo.
Para millones de creyentes, Jerusalén dejó de ser únicamente la ciudad del Templo judío y pasó a ser también la ciudad del Santo Sepulcro.
Una misma ciudad empezaba a contener varias memorias sagradas.
Del Imperio Romano al islam
En el año 70 d. C., Roma destruyó el Segundo Templo.
Décadas después, Jerusalén volvió a ser reconstruida como ciudad romana.
En el siglo VII llegó la conquista musulmana. Sobre el Monte del Templo se levantó la Cúpula de la Roca y posteriormente la mezquita de Al-Aqsa.
Para el islam, Jerusalén es el lugar desde donde Mahoma habría ascendido al cielo durante el Viaje Nocturno.
Tres religiones compartían ya el mismo espacio sagrado.
Godofredo de Bouillon: la espada de la Primera Cruzada
En 1099, la Primera Cruzada culminó con uno de los episodios más sangrientos de la historia de Jerusalén.
Godofredo de Bouillon tomó la ciudad tras un largo asedio.
Las crónicas describen una masacre de musulmanes y judíos dentro de las murallas.
Godofredo rechazó llamarse "rey" en la ciudad donde Cristo llevó la corona de espinas y adoptó el título de Defensor del Santo Sepulcro.
Jerusalén volvió a cambiar de dueño.
Balduino IV: el rey leproso
Uno de los personajes más fascinantes de las Cruzadas fue Balduino IV, conocido como el rey leproso.
Enfermo desde niño, gobernó el Reino de Jerusalén mientras la lepra destruía lentamente su cuerpo.
Contra todo pronóstico consiguió derrotar a Saladino en la batalla de Montgisard.
Su figura simboliza la fragilidad del reino cruzado y la resistencia desesperada de Jerusalén en el siglo XII.
Saladino: conquistar sin destruir
En 1187, Saladino recuperó Jerusalén tras la decisiva batalla de Hattin.
Su entrada marcó un contraste histórico con la conquista cruzada.
En lugar de una matanza generalizada, permitió rescates y la salida de buena parte de la población cristiana.
La ciudad volvió al dominio musulmán, pero conservó lugares santos cristianos y judíos.
Cline considera este episodio uno de los momentos donde Jerusalén mostró que también podía ser escenario de convivencia, aunque fuese imperfecta.
Allenby: una conquista sin disparar un tiro
En diciembre de 1917, durante la Primera Guerra Mundial, el general británico Edmund Allenby entró en Jerusalén.
Lo hizo a pie, por respeto al carácter sagrado de la ciudad.
Su entrada puso fin a más de cuatro siglos de dominio otomano.
Comenzaba una nueva etapa: el Mandato Británico y, con él, el origen del conflicto contemporáneo entre nacionalismos árabe y judío.
La ciudad que pertenece a tres memorias
Eric Cline insiste en una idea que atraviesa toda la historia de Jerusalén.
Ningún pueblo ha gobernado la ciudad de forma permanente.
Cananeos, israelitas, babilonios, persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos, británicos, israelíes... todos dejaron una huella, pero ninguno agotó el significado de Jerusalén.
Para:
Judaísmo La ciudad del Templo y del Muro Occidental. | Cristianismo La ciudad de la Pasión, la Crucifixión y la Resurrección. | Islam El lugar del Viaje Nocturno y la ascensión de Mahoma. |
Tres tradiciones diferentes encuentran allí uno de sus lugares más sagrados.
Más que una capital, un patrimonio de la humanidad
La historia de Jerusalén demuestra que su valor nunca ha dependido de su posición geográfica.
Ha sido disputada porque representa identidad, fe y memoria.
Ese es también el mensaje que Eric Cline defendía: reducir Jerusalén a la propiedad exclusiva de un único pueblo empobrece su historia.
Jerusalén es profundamente significativa para el pueblo judío y para el pueblo palestino, pero también constituye un lugar sagrado para miles de millones de cristianos y musulmanes en todo el mundo. Su patrimonio arqueológico, religioso y cultural pertenece a la historia de la humanidad en su conjunto.
Quizá esa sea la mayor lección de una ciudad conquistada tantas veces y reconstruida una y otra vez: Jerusalén ha sobrevivido a imperios, religiones enfrentadas y guerras precisamente porque su significado es mayor que cualquiera de quienes intentaron poseerla.
Como resume la paradoja histórica señalada por Cline, Jerusalén no es importante por donde está situada en el mapa, sino por el lugar que ocupa en la imaginación, la fe y la memoria de la humanidad.
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