miércoles, 16 de diciembre de 2009

De amistad y de guerra


El País Vasco fue uno de los ewcenarios principales de la Tercera Guerra Carlista. En ella tuvo lugar esta historia, quizá ya tristemente pasada de moda, de lo que los militares del siglo XIX consideraban su honor.

Víctor Arroita era un requeté carlista de 19 años cuando participó en el segundo sitio a la ciudad de Bilbao en 1874. En uno de los lances del cerco, salvó a un grupo de soldados liberales de ser linchados por la tropa. Los comandaba un joven alferez, un tal Francisco Amayas. Los liberales fueron llevados a Galdakano, en la retaguardia, donde se quedaron hasta que pudieron ser canjeados un año después.

Pero la guerra, tal y como la planteaba Carlos VII, estaba perdida. Un jovencísimo pretendiente liberal se sentaba en el trono de Madrid, un tal Alfonso XII. La Tercera Guerra Carlista finalizó en 1876.

Claro que Víctor Airrota no lo entendió de este modo y estuvo preparando durante años, con la ayuda de algunos de sus antiguos hombres, un arsenal de fusiles en la cueva de Abitaga, cerca de Lekeitio. Las visitas clandestinas por la peligrosa sima de Abitaga menudeaban hasta que, en el transcurso de una de ellas, resbaló y quedó malherido.

Preocupado por la tardanza de Victor, otro simpatizante del carlismo subió al arsenal de Abitaga y recogió al herido. Los dos hombres contaron a todo el mundo que Víctor se había quedado cojo de resultas de una caída en su huerto. No caló. La Guardia Civil requisó las armas.

En teoría lo que les esperaba a los carlistas sediciosos entre 1895 y 1900 era el pelotón de fusilamiento, pero los días, las semanas y los meses pasaron y Arroita no era encarcelado. Más tarde se supo que el que no había procedido contra él era el Director General de la Guardia Civil, un tal Francisco Amayas.

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