lunes, 13 de septiembre de 2010

Arqueología en las pozas azules de las Bahamas.

Cuando nos hablan de arqueólogos nos imaginamos a un señor vestido con una sahariana y un salacot, que da órdenes en árabe a unos paupérrimos excavadores. No nos imaginamos a un señor vestido con un traje de neopreno que se mete en una poza azul. El color procede de una capa de sulfuro de hidrógeno que separa el agua dulce de la marina. La sensación en contacto con esta substancia química es de dolor de cabeza, hormigueo en los labios, y naúseas. Al final, si uno se queda demasiado tiempo en esta capa de 6 metros de profundidad, se pierde finalmente el conocimiento.
Los arqueólogos subacuaticos se exponen a semejante peligro para poder trabajar con los enterramientos de los indios lucayos, un pueblo que vivió en las Bahamas desde el siglo VI al XV. Son famosos porque deformaban la cabeza de los bebés con tablas. Los antropólogos todavía debaten la razón de tan insólito comportamiento. Unos dicen que era para fortalecer el cráneo de los niños durante el combate, resuelto generalmente con macanazos en la cabeza, pero otros piensan que lo hacían para estar más guapos.
Rob Palmer, un espeleólogo submarinista, ha descubierto en la cueva de Andros llamada Santuario 17 yacimientos lucayos, donde se encontraron los restos de 11 hombres, 5 mujeres y 1 niño,
Otro arqueólogo subacuatico, Michael Pateman, nos cuenta de los lucayos: "Eran unos buzos excelentes. Los españoles los apreciaban como buscadores de perlas. Hemos encontrado indicios de la práctica de submarinismo en algunos cráneos. Con el tiempo, por influencia de la presión, se forma hueso alrededor de los oídos".
Pateman sospecha que las pozas azules eran cementerios submarinos, pero el hallazgo del cuerpo de un lucayo atado nos lleva a nuevas e inquietantes preguntas.

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