sábado, 25 de septiembre de 2010

Un error de maniobra.


Según la última versión del accidente naval del paquebote "Titanic" de 1912, que dejó tras de sí 1513 víctimas, el buque no chocó contra un iceberg por navegar a gran velocidad o por no haberlo avistado en el puente demasiado tarde para poder reaccionar. La desgracia sucedió por una maniobra equivocada con el timón.

1912 es un año en plena Belle Epoque. La técnica es un fetiche para una población que baila todavía valses y se desliza alegremente a las fauces de la Primera Guerra Mundial. Los marineros y oficiales del Titanic han pasado de los vapores con juego de velas auxiliar a los motores marinos en menos de una generación. En un barco de vela para girar hacia un lado hay que mover las cabillas del timón hacia el otro. Pero un paquebote como el Titanic, dotado de un motor marino alimentado con carbón, se conduce como un coche. Es una forma de hablar. Me imagino que sería bastante más complicado.

El sexto oficial William Murdoch avistó el iceberg desde el puente y ordenó al timonel de guardia Robert Hitchins "fuerte a estribor". La educación de Hitchins indicaba que debía girar las cabillas en dirección contraria. El desastre estaba servido.

El "Titanic" estaba forjado con un acero muy quebradizo, que soportaba muy mal las tensiones, según los metalúrgicos de los años 90, a los que consultó el arqueólogo naval y oceanógrafo Robert Ballard, descubridor del pecio en 1985.

Si Murdoch hubiese ordenado embestir el iceberg de lleno se habría inundado solamente una mampara de seguridad, pero el roce hizo que sucediera en cuatro, cuando el límite de seguridad dado por el ingeniero naval Andrews, muerto en ese viaje, era de tres.

También podría haber seguido el "Titanic" flotando si se hubiera quedado quieto, pero el representante de la naviera, Bruce Ismail, ordenó, según esta nueba versión, que se avanzara a toda máquina, lo que redujo el tiempo para llenar corresctamente los insuficientes botes salvavidas.

El segundo oficial, Charles Lightoller, mantuvo todo este lío en silencio para evitar un juicio naval suplementario al que de hecho se celebró, y la quiebra y ruina económica de sus patronos de la naviera White Star Line. Tuvo tiempo para contárselo a su nieta, la escritora Louise Patten, que revela lo ocurrido en el puente esa noche final en una novela, Good as Gold. Se le considera un héroe en Gran Bretaña a este oficial naval por su ejemplar comportamiento durante la evacuación de las tropas británicas durante otro desastre: la batalla de Dunquerque.

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