jueves, 14 de abril de 2011

El fascinante mundo de los caballeros medievales.


Yo salgo un sábado por la mañana a la calle, y en la parada del autobús me encuentro con un niñato que le pega a una chica. He asistido a jornadas sobre lo que llaman ahora violencia de género. Si estoy en mis cabales soy incapaz de pegarle a nadie, mucho menos a una mujer. Se supone que lo que tengo que hacer es coger mi teléfono celular y llamar a la policía. Pero soy un cobarde redomado, todo lo contrario que los hombres de los que voy a hablar en esta entrada, así que cuando la policía se entera de que ha sucedido tan cobarde agresión ya han pasado 24 horas.
A un caballero medieval jamás le habría pasado eso.

Curiosamente, el concepto y los ideales de los caballeros andantes fueron ideados por las fraternidades de jinetes musulmanes e introducidas en Europa por los bizantinos. Los fityan recorrían los descampados y las zonas rurales de Oriente Medio para proteger a los campesinos y a los mercaderes de las caravanas y a los peregrinos a La Meca. En las ciudades las hermandades de ayyarun hacían valer sus ideales.

Las dos caballerías se apoyaban mutuamente. Los fityan se alojaban en los locales de los ayyarun cuando tenían que pernoctar en una ciudad. Y éstos eran escoltados por los primeros cuando tenían que viajar a otras ciudades.

En Europa un niño era educado por un escudero o por un caballero segundón en las artes de las armas a partir de los 10 años. Primero era un paje, una especie de criado que servía comida. Los escuderos se ocupaban del mantenimiento de las armas y la manutención de los caballos al antojo del señor.

Hasta que llegaba el momento de ser armado caballero - y podías pasar toda tu vida como escudero, ya ves- aprendías a comportarte con cortesía, a nadar, a manejar la espada, la maza y la lanza, y a apreciar la poesía.

A los 21 años se daba por concluída la educación de un caballero en ciernes. El aspirante se sometía a un ayuno para purificar su cuerpo. Las últimas 12 horas, las nocturnas, las pasaba rezando en la capilla del castillo. Sobre al altar velaba todas las armas de su propiedad. Para seguir con el asunto de purificar el cuerpo se bañaba en una tina.

Hay que resaltar esto, ya que los médicos medievales, y muchos posteriores hasta bien entrada la Edad Moderna, no recomendaban el baño salvo si se estaba enfermo. Claro que algunos castillos tenían dependencias con baños donde hombres y mujeres pasaban las horas muertas durante el verano remojados en agüita refrescante.

Tras el baño se vestía con una túnica blanca y una capa escarlata. Al amanecer escuchaba misa en compañía de su familia y la de su protector, y comulgaba. El obispo bendecía las armas y se las iba entregando una por una.

Fuera de la capilla esperan los músicos, que tocan instrumentos de viento. El caballero padrino del aspirante lo recibía al aire libre y le imponía unas espuelas de oro. Dependiendo de la región de Europa, el padrino podía tocar el hombro tres veces con la espada, o dar un pescozón al caballero - o directamente una bofetada- como recuerdo de lo que pasaría si olvidaba sus votos. Luego venían los contratos de vasallaje.

En el siglo XII se impone el asunto del amor cortés, algo que marca las relaciones entre hombres y mujeres de las clases nobiliarias. Los caballeros pasan muy poco tiempo en sus tierras. Además de sus compromisos de vasallaje tienen que labrarse una reputación - muchas veces en el campo de batalla- por lo que no tienen tiempo para tener experiencias intensas con las mujeres. Además, la sociedad feudal es reglamentista, por lo que muy pocos se atreven a romper las abundantes normas sociales.

El cabalero pide prendas a su chica. Ata pañuelos de seda a su lanza, sustituye la sobreveste por un vestido usado por la doncella, y sale por ahí a salvar menesterosos. Un acicate en el comportamiento de estos hombres es el de la fama. Son incapaces de hacer nada negativo que pueda llegar a oídos de la señora de sus pensamientos. Todos sus logros son encomendados a los oídos y a los pies de un arquero - soldado de infantería- que los retransmitirá en casa de ella, antes de volver son su amo.

Si un caballero abusaba de su poder -Dios no lo quiera- era conducido a una plaza en la que se le despojaba de las armas, se quebraba su espada y el padrino mismo pisoteaba sus pedazos. El escudo era atado a la cola de un semental de batalla que lo arrastraba por el polvo. Luego, unos siervos lo ataban y lo introducían en un ataúd. Los sufridos siervos trasladaban el recipiente hasta una capilla donde el obispo hacía una misa de difuntos en presencia del caballero felón. La consecuencia era que se convertía en un apestado socál para los de su clase.

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