martes, 19 de abril de 2011

Los malos de la Historia.



En otoño de 2006 los tipos de MUY INTERESANTE HISTORIA sacaron un listado de 20 biografías sobre los peores villanos de la Historia. Yo estaba acostumbrado a la lista pormenorizada que había terminado de publicar unos meses antes el semanario de El País. De hecho, terminada la serie de biografías perdí el interés por la publicación semanal.





De esta lista me impresionó la historia de la Quintrala, una hacendada chilena de finales del siglo XVI, demasiado acostumbrada a hacer su voluntad, y a conseguir lo que fuera de los hombres de su entorno, preferiblemente por las malas. Esta mujer tenía un Cristo en su hacienda. El Cristo miraba con su cara de angustia habitual, de paso de semana santa. A la Quintrala le ofendió la miurada de reproche así que sacó la figura a la intemperie y ordenó a un esclavo araucano (ahora los llaman mapuches, creo) que azotara al Cristo.





En la lista de MUY HISTORIA se consultó a más de 20 expertos acerca de quiénes eran los malos de la Historia de España. Encabezaban el ranking habituales como Fernando VII, por su actitud babosa ante Napoleón, y por haber impedido que España se subiera al carro de Europa de manos de las ideas liberales.





Franco está en el segundo puesto. Aunque sin Fernando VII y sin Rafael Riego, el citado en la frase anterior no habría sido posible. Al fin y al cabo creció oyendo hablar de las tradiciones militares españolas de interferir en la política civil a cada rato. Se le hizo a Franco una evaluación psiquiátrica durante la Guerra de Marruecos muy rudimentaria que indicaba que padecía una severa psicopatía y no se recomendaba su nombre para un puesto de responsabilidad. En los años 20 los psiquiatras eran esos señores tan bien vestidos y tan cachondos a los que jamás se les hacía caso.





La lista de los malvados internacionales incluye a Atila, aunque su pecado debió ser sin duda no saber escribir. Todas las fuentes que hablan de él lo hacen como el summum de la barbarie. No se explica , por tanto, porque su lugarteniente es un heleno llamado Orestes. El Tal Orestes, además, se convirtió en el tutor de Rómulo Augústulo, el último emperador del Imperio Romano de Occidente.





Volviendo a los especialistas en villanos españoles se encuentran nombres tan discutibles como Quevedo. "Por fomentar la sátira y el desprecio a la autoridad, y ser el protótipo del actual tertuliano deslenguado". El tipo también fue diplomático en Italia, y creo recordar que se batió en duelo "con espadas negras", es decir a filo desnudo, con un malnacido que pegó a su esposa durante un oficio religioso. Tuvo que huir de los corchetes - la policía de Madrid- durante un tiempo prolongado. ¿Quién lo introdujo en la lista?¿Góngora?





Aparte de que si pecó en algo, lo pagó con creces cuando murió en el destierro decretado por el válido de Felipe IV, Olivares.





Otra cosa bastante cachonda que hacen es introducir en la misma lista a personajes que fueron antagonistas. Vemos en la lista a Viriato junto al mayor causante de las desdichas de los lusitanos, el pretor Galba. El romano era, en mi humilde opinión, un hijo de mala madre. Prometió tierras a los lusitanos a cambio de que entregaran las armás, además de la ciudadanía romana. Ser ciudadano de Roma era tener un lugar en el mundo, tener derecho a ser escuchado y socorrido en caso de necesidad por los nuevos amos. Galba no sólo se hizo con todas las espadas sino que ordenó a sus legionarios que masacraran a los lusitanos desarmados.





Virirato venció a los romanos en 8 batallas importantes. Es mucho más de lo que consiguió Espartaco 70 años después. Mató a su suegro por colaborar con las tropas de ocupación romanas. Sólo el asesinato a traición de tres de sus colaboradores, Diltaco, Minuro y Audax pusieron fin a la guerra contra los lusitanos en la Meseta castellana.





Cuando fueron a cobrar el rescate, Galba contestó: "Roma no paga traidores". Es una bonita frase, aunque lo más probable es que los historiadores romanos la pusieran en esas circunstancias para indicar a los jovencitos que iniciaban el cursum honorum - la carrera del honor- cómo tenían que comportarse cuando ejercieran un cargo militar. No porque Galba hubiera descubierto de repente la virtud.

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