miércoles, 25 de mayo de 2011

Tras la pista de los detectives.



Estamos en 1876. Un reconocido ladrón de guante blanco, auxiliado por dos compinches, va a cometer uno de los más cacareados robos de su época. Al llegar a la sede de la Picture Gallery, Adam Worth le pide a su compinche más corpulento que trepe hasta el primer piso de la pinacoteca y fuerce una de las ventanas. Allí descuelga una de las pinturas, separa con una cuchilla el lienzo del marco, le da estabilidad empapando el dorso de la pintura con engrudo, lo enrolla, y lo oculta en su levita de paseo.




La banda de Worth, apodado por la prensa sensacionalista del siglo XIX como el Napoleón del Crimen, acaba de mangar el cuadro de Thomas Gainsborough RETRATO DE LA DUQUESA DE DEVONSHIRE, de soltera Spencer. El robo daría tanto que hablar a las personas de la buena sociedad como las andanzas de su descenciente Diana Spencer, a finales del siglo XX.




El propio Worth era un judía de orígenes humildes que llevaba una fatigosa doble vida. De día aparentaba ser un caballero inglés, asiduo a los clubs más elitistas, y por la noche se codeaba con los peores especialistas del mundo del hampa.




El personaje inspiraría la figura del profesor Moriarty a Conan Doyle, escritor, aficionado a las artes esotéricas y una de las mentes más analíticas del mundo de los detectives aficionados. Doyle resolvió algunos casos. Cuando Jack el Destripador empezó a mutilar y matar a las prostitutas del East End, comprendió que Scotland Yard era una institución que se había quedado muy rezagada ante los desafíos de los delincuentes de la época de la Revolución Industrial. El inspector Fred Abberlyne, dio por sentado que el criminal era de clase obrera y detuvo sin cargos a Pizzer, un tendero judío. Lo tuvo que soltar cuando Jack el Destripador mató a su tercera y cuarta víctima la misma noche.




No se ejerció control sobre la prensa sensacionalista. Doyle dijo que el asesino podría ser una mujer, un clérigo o un policía.




Scotland Yard en 1888 carecía de un Departamento de Asuntos Internos; las mujeres de la clase alta eran consideradas demasiado débiles e inestables emocionalmente para cometer un delito de sangre, a pesar de que 30 años antes se había ahorcado en Tyburn a Emma Barnes, la asesina del hacha.




Los policías de a pie eran de clase obrera, a menudo irlandeses, y los ingleses no los consideraban respetables. Las familias pudientes no recibían en sus casas a los inspectores. Y los comisarios y altos cargos de Scotland Yard eran apadrinados por la aristocracia. ¿Cómo un cuerpo de policía así puede hacer frente a la amenaza de un asesino de masas?




Sherlock Holmes, el personaje de Doyle, propone una manera alternativa de hacer las cosas. Holmes utiliza la ciencia, tiene un laboratorio químico en la pensión en la que vive con el doctor Watson, utiliza archivos periodísticos, y se entrena en el boxeo y la esgrima. Es la propuesta de un super inspector de policía.




La primera agencia privada de detectives fue creada por un antiguo criminal, Vidocq, que introdujo algunos cambios como los primeros estudios de balística y el uso de archivos policiales. Las fuerzas antidisturbios, los arqueros del rey Luis XIV, iban armados con alabardas para contener las multitudes. Su padre es otro francés, el comandante militar La Reinye.




A pesar de lo que hayamos leído en la novela negra los detectives son espías a sueldo de los particulares, meros informadores. No intervienen en casos de asesinato, pero les puedes llamar para averiguar si el novio de tu hija es un buen tipo, si tu hijo consume drogas o si tu mujer te engaña. También se encargan de las desapariciones de obras de arte y de los asuntos de espionaje industrial. Claro que ahora, cualquier inspector de policía es el super hombre que reclamaba Doyle en sus novelas de Sherlock Holmes.

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