jueves, 4 de julio de 2013

El brazo que cambió la historia.

Algún lugar cercano al Lago Turkana, hace unos 800.000 años. Un grupo de Homo Erectus han localizado a un ternero de antílope. Se esconden entre la maleza y, ya en sus puestos estratégicos, se dedican a tirarles todo tipo de proyectiles, entre palos y piedras. Puede que descalabren al pequeño antílope o que, incluso, lo separen de su madre. Puede que no. Sin embargo, estamos asistiendo al inicio de una habilidad que nos ayudará a conquistar la tierra. La posibilidad de herir a una presa sin tener que luchar cuerpo a cuerpo con ella.
Unos investigadores de la Universidad George Washington de los EE. UU., tras indagar en la biomecánica de los lanzadores y bateadores del base-ball, han estinado que lo más lejos que un Homo Sapiens puede lanzar un objeto es a una velocidad de 245 kilómetros por hora, una cifra que supera con crece a los 32 kilómetros por hora de los grandes primates.
Al parecer la energía se almacena en el hombro y es liberada en forma de onda durante el lanzamiento del proyectil. Los humanos, a diferencia de los felinos, no tienen garras ni unos dientes adecuadas para un combate cuerpo a cuerpo con los grandes herbívoros, por lo que diseñaron, por ensayo y error, una estrategia para cazar sin acercarse a animales mucho más fuertes o veloces.
Lo que no sabemos es cómo se las ingeniaron los Homo Erectus ya que el registro arqueológico no conserva ninguno de sus útiles de caza.

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