sábado, 19 de septiembre de 2015

Isabel de Portugal y Carlos V, una historia de amor.

Hagan otros la guerra; tú, feliz Austria, cásate, porque los reinos que Marte da a otros, a tí te los concede Venus".

Carlos V de Alemania y I de España era el mejor partido para cualquier muchachita de las casas reales de principios del siglo XVI. Bisnieto de Carlos el Temerario, uno de los últimos señores de la guerra de la contienda de los Cien Años, y nieto de Maximiliano de Habsburgo, casado con una hija del anterior. Eso significaba que heredaba las villas mercantiles de Flandes, el ducado de la Borgoña y territoria de la actual Austria. La boda de su malvado padre, Felipe el Hermoso, con la infanta de Castilla Juana, le proporcionaba las coronas de Aragón y Castilla, el reino de Nápoles y las nuevas tierras recién descubiertas del Nuevo Mundo.
En 1521, para acallar rumores, accedió a yacer con una muchacha aspirante a novicia, y protegida de la señora de Lalaing. La muchachita era muy joven y muy tímida, así que accedió a los ruegos, diciendo que fingiría estar dormida y esperaría al emperador desnuda en la alcoba. Carlos llegó y consumó el acto, pero la muchacha no dio señales de despertar. Cuando se avisó al médico descubrió para su consternación y la de la chica, que despertó llorando asustada, que el chambelán de Carlos la había drogado.
Carlos quedó traumatizado por esta historia pero la relación duró hasta 1522, y de ella salíó la infanta Margarita, que sería muy querida en su papel de gobernadora de Flandes
Isabel de Portugal no era la típica mujer florero del Renacimiento. Leía a los clásicos y sabía tocar instrumentos musicales. El por entonces Principe Carlos se casaría con ella y recibiría del rey de Portugal una dote de 900.000 ducados. A cambio de la alianza se dotaba adecuadamente a la infanta Catalina para una boda con el rey portugués.
La boda transcurrió en Sevilla, una ciudad bendecida por el oro de las Indias, alegre y colorista. Para Carlos, que venía de la austera y tristona Castilla, debió ser un contraste agradable. La pareja se gustó y adelantó la fecha de la boda. La luna de miel fue en La Alhambra de Granada, donde Carlos V mandó plantar una flor de Persia, desconocida en Europa, y que haría furor en la cultura andaluza: los primeros claveles.
Isabel, tras un parto a oscuras y en el que se negó a gritar, pese a que se lo recomendaron los médicos y las dueñas presentes, pare en 1527 al futuro Felipe II. Carlos, emocionado, cogió a su hijo en brazos y dijo: "Dios mío, ten misericordia y dale luces para gobernar prudentemente a sus súbditos".
Isabel se ocupaba del trono castellano mientras su marido trataba de contener la Reforma de la Iglesia y contrarrestar la política anti. Habsburgo del otro "gallo" del gallinero: Francisco I, rey de Francia.
Isabel daría al emperador Carlos V cinco hijos más, pero moriría a consecuencia de un  parto el 20 de abril de 1539. El niño le sobreviviría unas pocas horas más. Carlos V abandonó los asuntos de Estado y se dedicó a rezar por su esposa y a permanecer con ella en sus últimos días. El último día, a pesar de la fiebre, Isabel encuentra fuerzas para vestirse sin ayuda casi de sus damas, y habla tumbada en el lecho de sus esperanzas de encontrar a Carlos en el Paraíso. Coge un crucifijo de márfil y, mirando a los ojos a su marido, muere. Tenía 36 años.
Felipe II, de 12 años, tiene que reconocer el cadáver de su madre, antes de sepultarla. Le acompaña un hombre de armas, el duque de Gandía, Francisco de Borja, que dijo las históricas palabras: "No puedo jurar que esta sea la emperatriz, pero sí juro que es su cadáver el qiue aquí ponemos. (...) Y también juro que no he de servir más a señor que se me pueda morir".
Ingresaría en la recién fundada Compañía de Jesús, del padre Ignacio de Loyola.

Para ver:
El trailer de la serie RTVE:

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