domingo, 11 de octubre de 2015

Costumbres y manías de Hitler.

Si hubiera trabajado cualquiera de nosotros en el bunker de la Carcillería del Reich entre 1933 y 1945 no habría notado nada anormal en la conducta de Hitler. Imposible asociarlo a las duras condiciones en el este de Europa, a la violencia de los camisas pardas o al Holocausto.
Era vegetariano y seguía -  no estaba solo en esto en su círculo más directo - las recomendaciones del Dr Schmorell, un charlatán que iba de nutricionista por la vida. Decía que odiaba la carne desde que en su juventud contemplara una autopsia.
Era un amante de los animales y solía relajarse jugando con su perra pastor alemán Blondie. Castigaba a los soldados de su retén si se demostraba que habían maltratado animales.
Era muy púdico. Ni siquiera su amante Eva Braun pudo saber qué aspecto tenía desnudo.
 Daba frecuentes paseos en diagonal por su despacho mientras silbaba un estribillo, costumbre de su época de vagabundeo en Viena.
No se iba a la cama sin ver una película en su cine particular. Le gustaban producciones de aventuras como King Kong y le entusiasmó el primer largometraje de animación Blancanieves y los siete enanitos.
Era galante con las mujeres a las que entretenía con sus historias sobre su experiencia como correo en el Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial, las anecdotas de su ascesión al poder o la música clásica de Wagner. Nadie osaba interpelarle en esas ocasiones. Solía organizar entre las secretarias y el personal de limpieza de la Cancillería concursos de comer pasteles.
Los ciudadanos alemanes solían enviarle viandas y dulces hasta los primeros reveses de la guerra. En una carta Hitler agradecía a una mujer de edad madura el envío de un tarro de miel, porque reconocía que era un goloso, pero que no tenía por qué hacerlo.

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