miércoles, 25 de noviembre de 2015

Marga Gil Roëset y Juan Ramón Jimenez, una historia de amor imposible.

28 de julio de 1932. Marga Gil Röeset, una escultora de 24 años, llega a la casa del poeta Juan Ramón Jimenez y su esposa Zenobia Camprubí. La chica está nerviosa. Porta  una carpeta llena de papeles. La deja en una mesita y le pide a Juan Ramón que espere a leer su contenido. Tras dejar los papeles se va corriendo, llorando.
Lo siguiente que sabe el matrimonio de la muchacha es por una llamada telefónica de su madre: Marga ha desaparecido. Juan Ramón Jímenez participa en una busqueda que termina a las 9:30 de la mañana en la clínica Omnia de las Rozas. " Estaba en la mesa de operaciones. Un tiro en la cabeza, con la belleza no destrozada, descompuesta. Su mano estaba caliente, latía su pulso. Sangre a borbotones por la boca, la frente vendada de gasa. Una mirada ancha, dilatada...". Es la última descripción de Juan Ramón Jimenez de Marga. La chiquilla se ha suicidado porque lo amaba.
El paquete contiene 47 folios en los que Marga le expica que se ha enamorado de él y que ese amor imposible la tortura. "Si tú, espontaneamente, me dieras un beso y me trajeras así estrechamente dejándome oir en tu pecho latirte el corazón y un poco también la plata de tu voz. Sería glorioso. Pero tengo bastante miedo, me parece que tendré que morirme triste, sin beso, ni corazón, ni voz de plata, ni versos", escribe.
La chica había entrado en el círculo del poeta con el encargo de hacer un retrato de Zenobia Camprubí unos meses antes. Allí la muchacha se enamoró de Juan Ramón y trató de disimularlo trabajando en el busto con ahinco. Zenobia tuvo que aconsejarle: "Deja de tomar tanto café, me preocupa, tienes que tomar leche y no sigas adelgazando, te estás pareciendo a tu propia sombra".
Cada día la joven traía algo nuevo para Juan Ramón: flores, un adorno, libros robados del Ateneo o incluso de la propia Biblioteca Nacional. Eran tomos difíciles de conseguir y Marga sabía que Juan Ramón los quería.
Marga admiraba a Zenobia porque había traducido del inglés los cuentos del novelista indio Tagore. Juan Ramón Jimenez la describió así: "Amarga. Persa. Fuerte, viril. Llevaba el alma fuera"
"Venía contenta, nueva, salida de las nubes. Nos traía jenerosa (sic) el regalo de cada día, de cada mediodía: rosas, frutas, papeles, cintas de colores. Sin duda se encontraba a gusto trabajando para nosotros. Era un ejemplo de vitalidad exaltada, de capricho enerjico (sic). Trabajaba, hora tras  hora sin descanso, de pie, con dolor físico, cabeza, hígado, muelas (...) Se iba ya de noche, corriendo. Siempre corriendo, subiendo, bajando. Dormía poco, abandonaba el comer. No le importaba seguramente el vivir, Una estoica", escribe el poeta.
Termina el busto de Zenobia. Sus padres le dicen que ahora tiene que hacer un Don Quijote, que la cabeza de Juan Ramón tiene que esperar. Y ella toma la última decisión. "En la muerte, ya nada me separa de tí", escribe.

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