martes, 24 de mayo de 2016

El ministerio del tiempo y las monarquías del siglo XVI.

A Felipe II no le ha gustado perder su flota durante el intento de invasión de Inglaterra de 1588, así que decide pedir cuentas a De las Cuevas, secretario del Ministerio contemporáneo suyo. Este se niega a cumplir su mandato de cambiar la Historia, así que Felipe II echa mano de la Inquisición, e introduce los suficientes cambios en la Historia como para crear una distopía espeluznante en pleno siglo XXI.
La imagen que se da de Felipe II en este capítulo es muy coincidente con la leyenda negra. Pero esta fue alimentada por el nulo propagandismo que el Rey Prudente hizo de los logros de su gobierno. No lo hizo para evitar que los aduladores le falseasen la realidad o le mintiesen descaradaramente. Fue una sabia decisión, pero los españoles la pagamos cara.
El comportamiento de Felipe II es más parecido el de príncipes alemanes como el principe cardenal de Eremburgh o el de Calvino cuando se hizo con los hilos del poder de Ginebra.
Es realista el carácter obsesivo de este rey, siempre preocupado - angustiado diría yo- de no estar a la altura de la capacidad de trabajo y de los logros de su progenitor, el emperador Carlos V. El coleccionismo compulsivo de reliquias de las que hablé en otra entrada es la demostración. De hecho creo que el capitalismo y la Europa moderna surgieron del sentimiento antiespañol despertado contra nuestro monarca.
Pero recordemos una cosa: los reyes dejan a finales del siglo XV se ser los líderes a los que se les presta el dinero y las tropas y empiezan a apoyarse en el sentimiento de homogeneidad natural. Como los nobles son poco fiables los monarcas empiezan a apoyarse en otros personajes como los jefes de los concejos de las ciudades. Es decir, la incipiente burguesía.
Descubren la política internacional, y empiezan a necesitar fondos insaciablemente para alimentar sus pretensiones territoriales. De hecho los monarcas autoritarios de los primeros estados modernos creen que si permiten la disidencia el débil, por otra parte, entramadode su poder se vendrá abajo.
A falta de ideologías elaboradas o de un sistema económico eficaz que no les lleve a endeudarse todavía más en el juego internacional, la religión se convierte en un arma arrojadiza. Los partidarios del emperador Carlos V y del Papado tienen recursos suficientes para hacerse valer por encima de intereses particulares. Aquellos que quieren disentir, o necesitan apoyos acuden a las recetas protestantes, que dicen a los busgueses y artesanos que está bien ganar dinero, que es una prueba del favor de Dios, y que está mal pagar diezmos a una Iglesia Católica que los empleará en intereses totalmente ajenos a las necesidades del contribuyente.

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