miércoles, 22 de junio de 2016

OCTUBRE, de Serguei Eisenstein (1928)

Durante los años 20 un grupo de cineastas soviéticos como Eisenstein y Pudovkin inventaron el cine político. Las masas ya sabían leer en la mayoría de los lugares y ganaban lo suficiente como para pagar entradas de cinematógrafo. Había que educarles, adoctrinarlas y entretenerlas. Y había que hacerlo bien, con un lenguaje que se pudiera entender.
Stalin encargó a Eisenstein una película para conmemorar el décimo aniversario de la Revolución Rusa. La cinta cuenta con gran crudeza el fracaso del levantamiento de febrero de 1917. La violencia de las escenas del caballo de tiro colgado de lo alto de un puente levadizo encima del río Neva, o la paliza que recibe un joven bolchevique por esconder una bandera roja en lo que hasta ese estallido de golpes era el midito de amor de un oficial menchevique y su esposa son apabullantes.
Hay algo que me sorprende y es la comparación de Kerensky, el presidente del Gobierno Provisional, con un dictador. Es seguro que él no se veía de ese modo. Más bien era un tipo inseguro e indeciso que no supo hacer nada constructivo con su poder, que quizá deseó para otro.
La película muestra a un Trotsky indeciso y a un Lenin que lo reprende, diciéndole que la Revolución y las reformas posibles si triunfara están en peligro. La idea de que no fuera el Partido Bolchevique sino solamente el Soviet de Petrogrado el que se alzase contra el débil Gobierno de Kerensky fue de Trotsky. Stalin, Kamenev y Zinoviev querían esperar. De todas maneras la peícula bebe profundamente del ensayo del corresponsal comunista norteamericano Walter Reed DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON EL MUNDO, que es sesgado, por lo que he entendido.
A falta de cine sonoro Eisenstein recurre al simbolismo y lo hace con la imagen del la estatua de Alejandro III que se desmorona y se recompone cuando Kornilov y sus soldados blancos intentan su propio golpe. Kornilov aparece simuteado con imágenes de Napoleón, con todo lo que eso significa en la psiquis rusa.
Eisenstein hizo la cinta, la censuró por orden de Stalin varias veces y fue apartado de la lista de los directores recomendables después de su viaje a Estados Unidos para formarse sobre las posibilidades del cine sonoro, iniciado con la película EL CANTOR DE JAZZ en 1927.

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