sábado, 7 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049.

Una vez más toca cine de ciencia ficción. Algún día haré una entrada de la precuela si consigo verla entera. Pero el caso es que fui al cine a ver esta y me gustó pese a su ritmo lento, que ya es una seña de identidad dentro del género.
K es un replicante que caza a otros replicantes, cuando causan problemas, o tienen que ser apartados por ser obsoletos. ¿Qué es un replicante? Un ser humano - en toda la expresión de la palabra- artificial, creado, no engendrado.
En una de sus incursiones tiene que retirar a Shapper, un médico militar. Inspeccionando su granja de proteínas, bajo un árbol muerto por la lluvia ácida, encuentra los restos mortales de una replicante femenina muerta de parto. Pero hay un problema: se supone que los replicantes no tienen la capacidad de engendrar.
K (Bryan Gosling) recibe de su jefa de la Policía de Los Ángeles la orden de matar a ese niño para evitar que ya el muy deteriorado orden social se vaya por el retrete. Y K llega a la conclusión de que ese niño podría ser él mismo, por lo que está ante un dilema.
Las películas de la saga Blade Runner son unas películas que nos hablan de la experiencia de la vida, de las cosas que nos hacen humanos. K busca sus orígenes y a su padre, aunque no lo llame con ese nombre, el policía Deckhart ( Harrison Ford). Joy (Ana de Armas), un holograma, que hace las veces de esposa, lo ama a pesar de ser una simulación sin cuerpo, libremente. Sacrifica su vida por K por amor. Y de esa clase de sacrificios, por la vida misma, por lo que de nosotros  hay en los demás, que dejaremos aparte o atrás, porque las cosas no pueden ser de otro modo, también va esta cinta.

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