Una noche en el Babilonia
Entrevista de ficción (Primera entrega)
Todos los personajes, diálogos y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional y la ambientación se inspiran de forma general en la Barcelona de mediados de la década de 2010.
La puerta de artistas
A las seis y media de la tarde el Teatro Babilonia todavía parece dormido.
La fachada mantiene el aspecto de cualquier otro local del Paral·lel, pero basta cruzar una puerta metálica lateral para entrar en otro ritmo. En el pasillo huele a café recién hecho, maquillaje, laca y madera antigua. No es un olor glamuroso; es el olor del trabajo.
Una mujer de unos sesenta años aparece al fondo con una carpeta bajo el brazo.
—¿El periodista?
Asiento.
—Soy Julia del Río. Siéntete como en casa, pero recuerda una cosa.
Se detiene antes de seguir caminando.
—Aquí la gente trabaja. Lo demás viene después.
La frase resume el lugar mucho mejor que cualquier cartel luminoso.
Mientras atravesamos un laberinto de camerinos, técnicos cuelgan focos, alguien prueba un micrófono y dos bailarinas ensayan una coreografía delante de un espejo.
No hay prisa.
Hay rutina.
Julia
Julia dirige el Babilonia desde hace casi veinte años.
Nunca levanta la voz.
No parece una empresaria del espectáculo. Se parece más a la directora de una compañía teatral.
—La mayoría de la gente cree que esto es improvisación. No lo es.
Abre la puerta del escenario vacío.
—Cada función tiene tiempos. Cada artista sabe cuándo entra, cuándo sale y cuánto dura cada número. Si alguien llega tarde, fastidia el trabajo de veinte personas.
Le pregunto cuál es la cualidad más importante para trabajar allí.
Pienso que responderá "el físico".
Niega con la cabeza.
—La puntualidad.
Se ríe al ver mi cara.
—El cuerpo cambia. La belleza cambia. La disciplina dura mucho más.
Seguimos caminando.
Saluda a todo el mundo por su nombre.
Pregunta por un tobillo lesionado.
Recuerda que mañana hay revisión médica para varios artistas.
Comprueba que un técnico haya pedido un repuesto para una máquina de humo.
Todo sin levantar apenas la voz.
Eva Novak
Está sentada frente a un espejo iluminado.
No parece una estrella.
Parece una actriz esperando que empiece la función.
Tiene el pelo recogido con una pinza y sostiene una taza enorme de té.
—Cinco minutos —dice sonriendo—. Si me entrevistas ahora, todavía soy persona.
Se presenta estrechándome la mano.
—Eva.
Nada más.
Le explico que quiero escribir sobre el trabajo, no sobre el morbo.
Me mira unos segundos.
—Eso dicen todos.
—¿Y luego?
—Luego siempre preguntan lo mismo.
Sonríe otra vez.
—¿Cuántas parejas has tenido? ¿Tus padres qué opinan? ¿Cómo haces para separar una cosa de otra?
Hace una pausa.
—Supongo que tú también terminarás preguntándolo.
Le respondo que probablemente sí.
Porque precisamente ésas son las preguntas que cualquiera se hace.
Ella asiente.
—Mientras no sean las únicas.
"Aquí nadie enseña"
Cuando empieza a maquillarse, lo hace sin dejar de hablar.
—¿Sabes cuál fue la primera lección que aprendí?
Espero una respuesta complicada.
No lo es.
—Que nadie iba a enseñarme.
Levanta el pincel.
—En esta profesión no existe una universidad. Aprendes mirando. Copias. Te equivocas. Descubres qué cosas te hacen sentir cómoda y cuáles no.
Se mira al espejo.
—Y, sobre todo, aprendes a decir "no".
Pronuncia esa palabra despacio.
—La gente cree que aquí todo el mundo acepta cualquier cosa.
Niega.
—Es exactamente al revés.
Cada profesional conoce muy bien sus límites.
Y esos límites se hablan antes de empezar a trabajar.
Una compañera
Llaman a la puerta.
Asoma una mujer rubia con una bolsa de deporte.
—¿Interrumpo?
—Nunca.
Entra.
Se llama Clara.
También trabaja en el teatro.
Mientras busca unas zapatillas comenta:
—¿Ya le has explicado que aquí hablamos más de horarios que de sexo?
Eva se ríe.
—Todavía no.
Clara se vuelve hacia mí.
—Pues apunta eso. El noventa por ciento del tiempo hablamos de trenes, facturas, dolores de espalda y vuelos baratos.
Las dos estallan en una carcajada.
Las preguntas inevitables
Cuando Clara sale, el silencio vuelve.
Eva deja el maquillaje sobre la mesa.
—Haz la pregunta.
—¿Cuál?
—La de mi familia.
No respondo.
Ella ya la conoce.
—Mi madre tardó mucho tiempo en entender mi trabajo.
Hace girar lentamente la taza entre las manos.
—No porque pensara que era una mala persona.
Porque tenía miedo.
Miedo a lo que dijeran los vecinos.
Miedo a Internet.
Miedo a que un día no pudiera encontrar otro empleo.
Suspira.
—Con los años descubrió que seguía siendo la misma hija que llamaba todos los domingos.
Sonríe.
—Eso ayudó bastante.
En ese momento Julia asoma de nuevo por la puerta.
—Eva.
—¿Sí?
—Diez minutos.
La actriz deja la taza.
Se levanta.
Respira hondo.
Y durante unos segundos desaparece la mujer que hablaba de su madre.
En su lugar aparece la profesional.
—Ahora sí —dice mientras se dirige al escenario—. Empieza la función.
Fin de la primera entrega.
En la segunda entrega, el periodista asistirá a la función desde bastidores y, al terminar, Eva hablará con más profundidad sobre las reglas no escritas del oficio: el consentimiento, la confianza entre compañeros, las relaciones sentimentales dentro del sector, por qué algunas funcionan y otras no, y cómo se imagina su vida cuando algún día deje el escenario.

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