sábado, 25 de julio de 2026

Una noche en el Babilonia (2).

 

Una noche en el Babilonia

Entrevista de ficción (Segunda entrega)

Todos los personajes, conversaciones y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional está inspirado de forma general en la industria audiovisual para adultos de la Barcelona de mediados de la década de 2010.


II. Después del telón

El espectáculo dura poco más de una hora.

Desde un lateral del escenario apenas se ve al público. Solo se distinguen siluetas, el reflejo de las luces sobre las mesas y el murmullo que acompaña cada cambio de número.

Detrás del telón ocurre otra función.

Un técnico cambia una bombilla.

Alguien pregunta dónde han dejado un cable.

Una bailarina busca una botella de agua.

Un actor consulta la hora.

No hay dramatismo.

Solo una maquinaria que conoce perfectamente su trabajo.

Cuando termina el último número, los aplausos duran apenas unos segundos.

Las luces de sala se encienden.

El teatro vuelve a ser un edificio.


Eva aparece diez minutos después.

Ahora viste unos vaqueros, una sudadera gris y unas zapatillas deportivas.

Parece otra persona.

O quizá la misma que estaba escondida bajo el personaje.

—¿Ves?

Sonríe.

—Esto dura una hora.

La vida dura todo lo demás.


«El primer "no"»

Nos sentamos en un pequeño despacho junto al escenario.

Julia entra con tres cafés.

—No os entretengáis demasiado. Mañana ensayamos temprano.

Se marcha sin esperar respuesta.

Eva observa cómo desaparece por el pasillo.

—Hace veinte años que sigue diciendo la misma frase.

—¿Y funciona?

—Claro.

Porque tiene razón.


Le pregunto cuál fue el momento más difícil cuando empezó.

No habla de las cámaras.

Ni del desnudo.

Ni siquiera del primer rodaje.

Habla de una palabra.

—No.

Hace una pausa.

—Aprender a decir "no" cuesta muchísimo cuando eres nueva.

Explica que la mayoría de los errores llegan por querer demostrar demasiado.

—Crees que si rechazas algo dejarán de llamarte.

—¿Y ocurre?

Niega con la cabeza.

—No.

Lo que ocurre es justo lo contrario.

Las productoras serias prefieren a alguien que sabe perfectamente cuáles son sus límites.

Así no hay sorpresas.

Ni para ellos.

Ni para ti.


Los límites

Saca una libreta del bolso.

No tiene apuntes personales.

Solo listas.

Horarios.

Viajes.

Números de teléfono.

En una página aparece escrito con rotulador:

"Lo que acepto."

En otra:

"Lo que no."

Cierra la libreta enseguida.

—No son listas para enseñar.

Son para recordarme que el trabajo nunca decide por mí.

Lo decido yo.


Clara vuelve

La puerta permanece entreabierta.

Clara entra sin llamar.

—¿Molesto?

—Siempre llegas cuando toca.

Se sienta de espaldas a la ventana.

Escucha unos segundos.

—¿Estáis hablando de normas?

Asiento.

Se ríe.

—Perfecto.

Así desmontamos un par de mitos.

Cruza las piernas.

—El primero es pensar que aquí todo vale.

Niega despacio.

—No.

Precisamente porque el trabajo consiste en una enorme exposición personal, los límites se hablan muchísimo.

Más que en muchos otros oficios.

Eva asiente.

—A veces dedicamos más tiempo a conversar antes de una escena que a grabarla.


La confianza

—¿Y cómo se construye esa confianza? —pregunto.

Las dos responden casi al mismo tiempo.

—Trabajando.

Nos reímos.

Clara desarrolla la idea.

—Cuando compartes rodajes durante años sabes quién escucha.

Quién improvisa demasiado.

Quién pregunta antes de hacer algo.

Quién respeta los tiempos.

Quién es puntual.

Quién llega preparado.

Todo eso importa mucho más que la fama.

Eva añade:

—La química delante de una cámara nace muchas veces de la tranquilidad.

No del deseo.

De saber que la otra persona va a respetarte exactamente igual que tú la respetas.


¿Y el amor?

La pregunta queda flotando unos segundos.

Ninguna parece incómoda.

Solo cansadas de responderla.

Eva rompe el silencio.

—El problema no es enamorarte.

El problema es creer que el trabajo desaparece cuando termina el rodaje.

Explica que muchas parejas del sector funcionan durante años.

Otras duran muy poco.

Como en cualquier profesión.

Pero existe una diferencia.

—Nosotros trabajamos con algo que para casi todo el mundo pertenece exclusivamente a la intimidad.

Eso obliga a hablar muchísimo.

Si no hablas...

Hace un gesto con la mano.

—...todo se rompe enseguida.


El compañero

Le pregunto si alguna vez trabajó con alguien de quien acabó enamorándose.

Sonríe con cierta melancolía.

—Sí.

Y también al revés.

Con personas a las que quise profundamente aunque la relación ya hubiera terminado.

Porque el trabajo seguía ahí.

Las cámaras seguían ahí.

Los contratos seguían ahí.

No menciona nombres.

En esta historia tampoco hacen falta.

Habla del equilibrio.

De la dificultad de separar el afecto del oficio.

—A veces puedes hacerlo.

A veces no.

Y cuando no puedes...

Sonríe sin tristeza.

—...aprendes igual.


Julia interviene

La directora vuelve a aparecer.

Trae una caja de pastas.

—Os vais a quedar sin cenar si seguís hablando.

Se sienta unos minutos.

Escucha parte de la conversación.

Luego dice algo que las dos parecen haber oído muchas veces.

—Yo nunca les digo con quién tienen que salir.

Eso pertenece a su vida.

Lo único que les recuerdo es otra cosa.

La mira Eva.

Julia continúa.

—No confundáis nunca el escenario con la casa.

En el escenario trabajáis.

En casa vivís.

Si mezcláis ambas cosas durante demasiado tiempo...

Hace un gesto con las manos.

—...acabáis perdiendo las dos.

Nadie responde.

Porque nadie parece encontrar una frase mejor.


La puerta trasera

Son casi las doce.

Los artistas abandonan el teatro por una calle estrecha.

Sin maquillaje.

Sin focos.

Sin música.

Algunos toman el metro.

Otros esperan un taxi.

Dos comentan dónde comprarán el desayuno antes de volver a casa.

Durante unos minutos cuesta recordar qué hacían sobre el escenario una hora antes.

Quizá sea ésa la mayor paradoja del Babilonia.

Dentro del teatro todos representan un personaje.

Fuera solo intentan llegar a casa antes de medianoche.


Fin de la segunda entrega.

En la tercera entrega, el periodista acompañará a Eva a desayunar al día siguiente. Lejos del teatro, la conversación girará hacia su infancia, los motivos que la llevaron a emigrar, el peso del estigma, la relación con sus padres y la pregunta que nunca consigue responder del todo: ¿qué ocurre cuando un personaje famoso deja de parecerse a la persona que lo interpreta?

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