sábado, 25 de julio de 2026

Una noche en el Babilonia (3).

 

Una noche en el Babilonia

Entrevista de ficción (Tercera entrega)

Todos los personajes, conversaciones y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional está inspirado de forma general en la industria audiovisual para adultos de la Barcelona de mediados de la década de 2010.


III. La ciudad cuando despierta

A las nueve de la mañana Barcelona parece otra.

Las terrazas empiezan a llenarse de gente que hojea periódicos. Los repartidores descargan cajas de fruta. Un tranvía cruza la Diagonal con esa lentitud que tienen las ciudades cuando aún no han terminado de desperezarse.

Eva llega cinco minutos antes.

Va vestida con unos vaqueros, una chaqueta azul marino y una mochila pequeña.

Si alguien la reconoce, no lo demuestra.

Pide café con leche y una tostada con tomate.

—Después de trabajar siempre tengo hambre.

Se ríe.

—Es la única costumbre que nunca he perdido.


"Nadie sueña con un oficio"

Le pregunto cuándo decidió dedicarse a aquello.

Niega con la cabeza antes incluso de que termine la pregunta.

—Nadie sueña con un oficio.

Me mira por encima de la taza.

—Soñamos con una vida.

El oficio llega después.

Cuenta que creció en una ciudad mediana del este de Europa.

Su padre era mecánico.

Su madre trabajaba en una biblioteca municipal.

En casa había pocos lujos y muchos libros.

—Mi madre decía que una biblioteca era el único lugar donde podías viajar gratis.

Sonríe al recordarlo.

—Creo que fue ella quien me enseñó a tener curiosidad.


Aprender otro idioma

Llegó a España con poco más de veinte años.

Al principio trabajó donde pudo.

Cafeterías.

Un hotel.

Promociones.

Traducciones.

—Descubrí que emigrar tiene menos que ver con cambiar de país que con aprender a estar sola.

No dramatiza.

Lo cuenta con serenidad.

Habla de pisos compartidos.

De llamadas a casa los domingos.

De cumpleaños celebrados por videollamada mucho antes de que las videollamadas fueran habituales.

—Durante un tiempo sentía que vivía entre dos sitios.

Y al mismo tiempo en ninguno.


El peso del nombre

Le pregunto por el nombre artístico.

—Es curioso.

Todo el mundo piensa que sirve para esconderte.

Yo creo que sirve para separar.

Hace un gesto con los dedos, como quien abre un libro.

—Eva trabaja.

La otra vuelve a casa.

No es que existan dos personas.

Existe una frontera.

Una manera de recordar que ninguna profesión puede ocupar toda tu identidad.


Las preguntas que nunca cambian

—¿Cuál es la pregunta que más te molesta?

No necesita pensar.

—"¿Te arrepientes?"

Hace una pausa.

—Porque casi siempre lleva escondida otra.

—¿Cuál?

—"¿No preferirías haber tenido otra vida?"

Se queda mirando la calle.

—La verdad es que habría preferido no tener que justificar ninguna.


Julia y el teléfono

Mientras hablamos suena el móvil.

Es Julia.

—¿Sí?

Escucha unos segundos.

—No, ya desayuné.

Otra pausa.

—Sí, llevo la documentación.

Cuelga.

—¿Te controla mucho?

Se ríe.

—Me recuerda que viva.

Dice que desde fuera parece una directora.

Pero dentro del teatro también hace de administradora, psicóloga improvisada, mediadora, organizadora de viajes y, de vez en cuando, madre adoptiva.

—Nunca te pregunta cuánto has ganado.

Te pregunta si has dormido.

Eso cambia bastante las cosas.


El estigma

La conversación se vuelve más lenta.

No más triste.

Solo más seria.

—Lo peor no son los insultos en Internet.

Eso es ruido.

Lo peor es que algunas personas creen conocerte.

Creen saber cómo eres porque han visto una parte muy concreta de tu trabajo.

Hace un silencio largo.

—Nadie piensa que un actor que interpreta a un asesino sea un asesino.

Pero todavía hay quien supone que nuestro personaje somos nosotros.


Clara llega tarde

Clara aparece con unas gafas de sol enormes.

—Perdón.

He perdido el autobús.

Se sienta.

Pide un zumo.

Nos escucha unos minutos.

Luego dice:

—¿Sabes cuál fue el momento en que comprendí que ya no debía demostrar nada?

Negamos con la cabeza.

—Cuando dejé de discutir con desconocidos.

Antes intentaba convencer a todo el mundo de que mi trabajo era digno.

Ahora no.

El que quiera conocerme, que me conozca.

El que no...

Levanta los hombros.

—Tiene derecho a quedarse con sus prejuicios.

Yo tengo derecho a no vivir dentro de ellos.

Eva asiente.

No añade nada.

No hace falta.


Después del escenario

Antes de despedirnos caminamos unos minutos sin grabadora.

La conversación deriva hacia películas, restaurantes, viajes pendientes y libros.

Por primera vez en dos días dejamos de hablar del Babilonia.

Me doy cuenta de que probablemente eso sea lo más revelador de todo.

Durante horas he entrevistado a una mujer cuyo trabajo despierta una curiosidad inmensa.

Y, sin embargo, cuando deja de hablar de él aparecen los mismos asuntos que llenarían la conversación con cualquier otra persona.

Qué ciudad le gustaría visitar.

Qué novela está leyendo.

Si aprenderá italiano.

Si algún día abrirá un pequeño negocio.

Si conseguirá dormir ocho horas seguidas.


Antes de despedirse se vuelve un instante.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—Cuando publiques esto...

Sonríe.

—Espero que la gente recuerde que trabajo en un escenario.

No que vivo encima de él.

Se aleja por la acera.

La ciudad sigue llena de gente que no sabe quién es.

Y quizá, piensa el periodista mientras guarda la libreta, ése sea el anonimato más valioso de todos.


Fin de la tercera entrega.

En la cuarta y última entrega, la acción volverá al Teatro Babilonia meses después. El periodista asistirá al ensayo de un nuevo espectáculo y conversará con Julia y el resto del equipo sobre el futuro: cómo cambia una profesión cuando cambia Internet, qué significa retirarse, qué sueños quedan pendientes y cómo se imagina Eva la vida cuando el telón baje definitivamente.

Cuarta entrega, por favor.

Una noche en el Babilonia

Entrevista de ficción (Cuarta y última entrega)

Todos los personajes, conversaciones y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional está inspirado de forma general en la industria audiovisual para adultos de la Barcelona de mediados de la década de 2010.


IV. Cuando se apagan las luces

Han pasado tres meses desde la primera visita.

El Teatro Babilonia permanece cerrado al público.

Sobre el escenario no hay música.

Solo cinta adhesiva marcando posiciones en el suelo, focos desnudos apuntando al patio de butacas vacío y un técnico ajustando una escalera.

Sin espectadores, el teatro parece más pequeño.

Y más sincero.

Julia del Río está sentada en la tercera fila con un cuaderno lleno de anotaciones.

Levanta la vista al verme.

—Has elegido un buen día.

—¿Por qué?

—Porque hoy nadie interpreta nada.


El ensayo

Los artistas aparecen vestidos con ropa de deporte.

Uno estira los hombros.

Otra repasa una coreografía.

Un tercero practica una entrada al escenario con la precisión de quien ensaya una escena teatral.

No hay aplausos.

Solo repeticiones.

—Otra vez.

Julia no levanta la voz.

—Más despacio.

Otra vez.

La secuencia se repite.

Nadie protesta.

El oficio consiste muchas veces en repetir hasta que algo parece espontáneo.


"El público nunca ve esto"

Eva llega unos minutos después.

Lleva el pelo recogido y una libreta llena de anotaciones.

En cada página hay pequeñas observaciones.

"Entrar sonriendo."

"No precipitar el cambio."

"Respirar antes de mirar al público."

—¿Esperabas algo distinto? —pregunta.

Reconozco que sí.

Ella sonríe.

—Eso es porque el ensayo nunca sale en las fotografías.


La profesión cambia

Nos sentamos en el borde del escenario mientras los técnicos continúan trabajando.

Le pregunto cómo ha cambiado su oficio.

No responde enseguida.

Observa el patio de butacas vacío.

—Antes pensábamos que trabajábamos para una industria.

Ahora creo que trabajamos para un público.

Parece la misma cosa.

Pero no lo es.

Explica que Internet ha cambiado la velocidad con la que todo sucede.

Las carreras son más cortas.

Los espectadores consumen contenidos de otra manera.

Los intérpretes deben aprender edición de vídeo, redes sociales, idiomas y fotografía.

—Ya no basta con actuar.

Hay que saber gestionar una pequeña empresa cuyo producto eres tú.


Julia escucha

La directora permanece cerca, revisando unas notas.

Cuando oye la conversación interviene.

—Y aprender a decir que no.

Eva sonríe.

—Otra vez esa palabra.

—Siempre esa palabra.

Julia deja el cuaderno sobre una butaca.

—Cuando eres joven crees que el éxito consiste en aceptar todas las oportunidades.

Con los años descubres que consiste en elegir.


El día después

—¿Piensas en retirarte?

Eva no parece incómoda.

—Claro.

Todo el mundo debería pensar en su vida después del trabajo.

No importa a qué se dedique.

Cuenta que lleva tiempo estudiando idiomas.

Le interesan la producción, la organización de espectáculos y la fotografía.

No descarta volver a estudiar.

—Nunca he entendido por qué la gente cree que cambiar de profesión significa renunciar a la anterior.

Yo no quiero borrar nada.

Quiero seguir caminando.


Clara

Clara aparece con una caja de cartón llena de vestuario.

Escucha la última frase.

—Cuando era pequeña quería ser veterinaria.

Mira la caja.

—Nunca lo fui.

Y no pasa nada.

La vida no es una línea recta.

Es una conversación.

Todos reímos.

Julia levanta una ceja.

—Esa frase es demasiado buena para haberla improvisado.

—La leí en una estación de tren.

—Entonces ya era buena antes.


El escenario vacío

Los técnicos hacen una pausa.

El teatro queda completamente en silencio.

Eva baja al patio de butacas.

Se sienta en la fila ocho.

Desde allí contempla el escenario vacío.

—Aquí ocurre algo curioso.

—¿Qué?

—Cuando está lleno de gente parece enorme.

Vacío parece una habitación.

Hace una pausa.

—Supongo que las profesiones son igual.

Mientras las vivimos ocupan todo el espacio.

Cuando termina una etapa descubres que la vida seguía siendo mucho más grande.


Antes de marcharse

Julia se acerca con las llaves del teatro.

Es la última en irse.

Como casi siempre.

—¿Has conseguido el reportaje que buscabas?

La pregunta me sorprende.

Pienso unos segundos.

—No.

Frunce el ceño.

—¿No?

—Creo que buscaba entender una profesión.

Y he terminado entendiendo a varias personas.

Julia sonríe.

—Mucho mejor.

Abre la puerta de artistas.

Entra el aire de la calle.

Los coches pasan indiferentes.

Nadie imagina lo que ocurre detrás de aquellas paredes.


Epílogo

Meses después releo mis notas.

Hay páginas enteras dedicadas a horarios, ensayos, cafés, trenes, contratos, conversaciones sobre libros y llamadas de madres preocupadas.

Muy pocas hablan del espectáculo.

Entiendo entonces que quizá el verdadero tema nunca fue aquel escenario.

Sino la antigua costumbre de reducir a las personas a la parte más visible de su trabajo.

Eva había dicho una frase el primer día.

La encuentro subrayada dos veces.

"La vida dura todo lo demás."

Cierro la libreta.

Fuera, la ciudad continúa moviéndose con la misma indiferencia elegante de siempre.

Y pienso que todos, de un modo u otro, terminamos representando un papel durante unas horas para después volver a casa, quitarnos el maquillaje —sea visible o no— y recuperar el rostro con el que nos reconocen quienes de verdad nos conocen.


Fin.

Como novela-reportaje, Una noche en el Babilonia termina sin ofrecer grandes revelaciones ni giros dramáticos. Su intención es otra: mostrar que detrás de un oficio extraordinariamente expuesto existen personas que negocian los mismos dilemas que cualquiera —el trabajo, el amor, la familia, el paso del tiempo y la identidad—, solo que bajo una luz mucho más intensa.

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